En una gris tarde londinense, entre la lluvia persistente que traspasa hasta la médula, una viuda consumida por el tedio y la rutina descubre en una subasta lo que cree es un castillo auténtico.
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En una gris tarde londinense, entre la lluvia persistente que traspasa hasta la médula, una viuda consumida por el tedio y la rutina descubre en una subasta lo que cree es un castillo auténtico. Con sus modestos ahorros ganados en el bingo, mistress Joan Wood se convierte en propietaria de lo que promete ser su escape del sofocante aburrimiento. Pero lo que llega a su casa es mucho más que una maqueta de piedra: es el umbral de lo imposible, el punto de quiebre donde la realidad ordinaria se desmorona.
La novela se sitúa en el Londres invernal, bajo un cielo persistentemente nublado donde la lluvia fina y fría parece ser el único signo constante de vida. Aquí reside mistress Joan Wood, viuda de cincuenta años que mantiene la apariencia de una mujer cuarrentona. Su mundo es un círculo cerrado de rutina asfixiante: una pensión viuda que cubre sus necesidades básicas, una hija estudiando en Oxford, y los interminables días que se suceden sin variación alguna.
La depresión psíquica la ha visitado múltiples veces, llevándola a médicos y psiquiatras, aunque finalmente prefiere confiar en los fármacos proporcionados por su vecina Deborah Keller, quien los obtiene por vías poco convencionales. Joan Wood se siente como prisionera dentro de una olla a presión sellada, sofocada por la vida que transcurre fuera de su isla, de su Inglaterra, de su casa.
Una ganancia inesperada en el bingo la libera momentáneamente de esta postración: ciento doce libras, casi una fortuna en sus circunstancias. Bajo la lluvia, casi sin rumbo, se ve arrastrada hacia la Royal Symbol Gallery, donde se desarrolla una subasta de arte y antigüedades. En medio del murmullo de pujas y el brillo de objetos valiosos, siente por primera vez una emoción desconocida: la de pertenecer a un mundo diferente, el de quienes poseen y deciden.
Es entonces cuando aparece lo imposible: el castillo del conde Roxlasky se ofrece a subasta. Mistress Wood, sorprendida por su propio atrevimiento, levanta el dedo para pujar. Nadie más lo hace. Ella lo adquiere por cien libras, precio que parece demasiado bajo, pero que ella no cuestiona en el arrebato del momento.
Lo que sigue es el descubrimiento desolador: el castillo no es un castillo real, sino una minuciosa maqueta de piedra oscura, acompañada de murallas, una explanada, un cementerio en miniatura con lápidas, y una pequeña capilla con gárgolas siniestras. Es perfecto en sus detalles, pero es una burla del sueño momentáneo de Joan Wood.
De regreso en su casa, la maqueta es colocada en el despacho, una habitación marginal del hogar donde antaño trabajaba su difunto esposo. Aquí comienza el verdadero misterio. Cuando la noche cae sobre Londres, cuando la lluvia golpea más fuerte los cristales, una voz surge de la maqueta. No es una voz cualquiera: es la del alquimista Crowen, sirviente del conde Roxlasky. Y junto a él, un lobo de ojos que brillan en la oscuridad.
Lo ordinario se quiebra. Lo que Joan Wood creyó era solo una decepción económica se transforma en la puerta de acceso a algo completamente distinto: un mundo que habita dentro de aquella caja de piedra, poblado de personajes y misterios que se preparan para comunicarse con ella.
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