Richard Nolan, un empleado de banca de veintidós años en Nueva York, escucha de labios de su director el veredicto que lo cambia todo: el informe médico le prohíbe seguir trabajando.
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Richard Nolan, un empleado de banca de veintidós años en Nueva York, escucha de labios de su director el veredicto que lo cambia todo: el informe médico le prohíbe seguir trabajando. Casi a la vez descubre que su noviazgo y su círculo social se disuelven en cuanto deja de ser el atleta admirado y se convierte en un enfermo. Con el sueldo íntegro que su jefe le asegura, una humillación pública clavada en la memoria y una fecha anotada en su libreta, parte hacia Arizona a recuperar la salud y, con ella, la posibilidad de volver.
Todo empieza en un despacho del piso quince, con la ciudad empequeñecida al otro lado de la ventana. El director del Commercial Credit Bank no adorna la noticia: el informe del médico es concluyente y Richard Nolan debe dejar el trabajo de inmediato. Huérfano, criado en un colegio de beneficencia y ascendido a fuerza de constancia desde que entró como meritorio a los catorce años, el joven calcula en voz alta cuánto le durarían sus ahorros y llega a una conclusión sombría. Su superior, soltero, acomodado y aficionado a hacer el bien sin testigos, corta el desánimo con una promesa que Richard sospecha pagada del propio bolsillo del director: cobrará su sueldo completo hasta curarse.
El segundo golpe llega esa misma noche, y es de otra naturaleza. Claudine, hija de un abogado célebre y novia suya desde hace un año, ha decidido romper antes incluso de conocer el diagnóstico exacto; le basta saber a qué especialista ha ido. En la terraza de una fiesta, entre sauces y música, el joven descubre que lo que ella teme no es su tristeza sino su contagio. La velada se degrada deprisa: la noticia circula en corrillos, las parejas de baile se le niegan una tras otra, el alcohol y la indignación hacen el resto, y Richard acaba expulsado a golpes de una casa donde poco antes era el invitado más celebrado. Al día siguiente, con el cuerpo dolorido, anota una fecha en su cuaderno y se promete volver ese mismo día del año siguiente, o del otro, curado y en condiciones de saldar cuentas.
Un consejo de amigo lo empuja hacia el Oeste, y elige Arizona sin más criterio que el nombre. Viaja con levita, pantalón a cuadros y sombrero de media copa, sin armas —le repugnan— y sin la menor idea de las distancias reales del territorio. En una diligencia desvencijada conoce a Helmut Mortimer, ganadero corpulento y campechano, dueño de un rancho en el valle de Red Mouth, que lo toma por un señorito hastiado y decide educarlo a base de bromas. Richard rechaza su hospitalidad —no por desprecio, sino porque se cree sin derecho a la vida en común mientras esté enfermo—, y el malentendido queda instalado entre ambos como una deuda pendiente de cobrar.
El duelo silencioso entre los dos hombres da a la novela su primer registro cómico. En el campamento nocturno, Helmut fríe su tocino sin ofrecer nada y descubre horas después que su compañero ha improvisado una cena de tres platos con menaje propio; en Roesther, un pueblo polvoriento donde el agua está —supuestamente— racionada, el ganadero y sus conocidos preparan al forastero un recibimiento empapado. La simpatía crece a pesar de las novatadas, y quizá gracias a ellas.
La obra combina el melodrama urbano de sus primeros capítulos con la novela del Oeste clásica: enfermedad vivida como estigma social, lealtad discreta de quien no espera nada a cambio, aprendizaje de un ambiente donde las botas y el revólver valen más que un sastre neoyorquino, y una promesa de regreso que sostiene la voluntad del protagonista. El lector acompaña a Richard en el tramo en que deja de ser un enfermo que huye para empezar a convertirse en otra cosa.
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