Un viajero francés escribe a un amigo sedentario para contarle, sin idealizarlo, el viaje que hizo a Mallorca en el invierno de 1838. Entre la parada en una Barcelona sitiada por la guerra civil y los meses en la montaña de Valldemosa, el…
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Un viajero francés escribe a un amigo sedentario para contarle, sin idealizarlo, el viaje que hizo a Mallorca en el invierno de 1838. Entre la parada en una Barcelona sitiada por la guerra civil y los meses en la montaña de Valldemosa, el relato mezcla crónica de viaje, artículo geográfico y sátira: describe la isla como un paraíso para pintores y, a la vez, retrata sin indulgencia a sus habitantes, su agricultura detenida y el comercio del cerdo que la conecta con el continente.
La obra se abre con una carta: el narrador responde a un amigo de vida quieta que imagina los viajes como pura aventura, y le advierte que los desplazamientos más dulces se hacen junto al fuego, con los pies sobre la ceniza. Esa ironía inicial fija el tono de todo el libro, un relato de viaje que desconfía de la literatura de viajes y de sus entusiasmos de encargo.
El itinerario arranca en la costa: unos días en Barcelona en 1838, ciudad amurallada donde la juventud pasea por la Rambla y comenta la ópera italiana mientras, más allá de las murallas, las partidas facciosas cortan caminos y exigen contribuciones, y de noche suenan disparos que nadie quiere explicar. Después llega el cruce a Mallorca y una estancia de cuatro meses, buena parte de ella en la montaña de Valldemosa.
El texto avanza por capas. Una es la del paisaje: a propósito del álbum de viaje artístico de J. B. Laurens, el narrador defiende que la isla es un territorio espléndido e ignorado para la pintura, “la verde Helvecia bajo el cielo de Calabria”, donde el contorno del peñasco y la palmera se ofrecen quietos al artista, sin la movilidad inasible del paisaje suizo. Otra capa es la del dato: un deliberado “artículo de diccionario geográfico” con superficie, población, temperaturas tomadas termómetro en mano y un inventario de cultivos —trigo, olivo, almendro, naranjo— cuyos rendimientos quedan frustrados por la falta de caminos, de abono y de reforma.
La tercera capa es la polémica. El narrador cuenta que una publicación anterior le valió un memorándum furioso de los abogados de Palma, y no se retracta: describe una agricultura lentísima, un aceite rancio, un campesino que reza, canta y trabaja sin pensar, y una prosperidad reciente que atribuye entera al cerdo, cuya exportación trajo el vapor semanal a Barcelona. Ese barco da la escena más punzante del libro, con los animales atendidos como clientes de lujo y los pasajeros —incluido un enfermo grave— tratados como carga sobrante.
Al final, el juicio se vuelve reflexión: el mal moral, sostiene, no es más que consecuencia del mal material, y la desconfianza del isleño se explica por la miseria y el abandono. Hasta el impulso de viajar queda examinado como síntoma: una fuga de quienes ya no están del todo bien en ningún sitio.
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