Tras la ruptura de una pareja, dos historias se entrelazan en la Barcelona cotidiana: la de una mujer que reconstruye su vida tras el final de una convivencia y la de un joven sacerdote cuya fe se resquebraja después de presenciar la…
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Tras la ruptura de una pareja, dos historias se entrelazan en la Barcelona cotidiana: la de una mujer que reconstruye su vida tras el final de una convivencia y la de un joven sacerdote cuya fe se resquebraja después de presenciar la muerte accidental de un bebé en un parque.
La novela arranca con una escena doméstica y seca: Eduard recoge sus últimas pertenencias del piso que compartía con su pareja y se marcha con otra mujer, dejando a la protagonista instalada en un silencio incómodo que oscila entre el alivio y el vacío. A partir de ahí, su rutina —el trabajo como traductora editorial, las llamadas con la madre, los encuentros con amigas y hermana, la soledad del propio cuerpo y del propio piso— se convierte en el hilo conductor de un relato que observa con detalle casi clínico los gestos mínimos de una vida que se reorganiza tras una separación. En paralelo, la narración se desplaza hacia mossèn Albert, un sacerdote joven que, paseando por un parque, es testigo de la muerte repentina de un niño alcanzado por una piña caída de un pino. El suceso, absurdo y fulminante, desencadena en él una crisis espiritual profunda: interroga a Dios, duda de la justicia divina, se enfrenta a un superior que le exige sumisión y silencio, y termina oficiando una misa como un autómata vaciado de fe. Ambas tramas, aparentemente distantes, dialogan a través de preguntas compartidas sobre el sentido, la culpa, el deseo y la posibilidad de seguir adelante cuando las certezas —amorosas o religiosas— se derrumban. El estilo, moroso y minucioso, se detiene en pequeños actos cotidianos —limpiar la casa, fumar, prepararse la comida, escribir y romper papeles— para construir, desde el detalle, un retrato de dos derrumbes interiores que transcurren en paralelo sin llegar a tocarse del todo.