En un futuro donde la nanotecnología fabrica materia molécula a molécula, la obra abre con dos mundos que se tocan sin mezclarse: los Territorios Arrendados, donde un joven sin filiación invierte sus últimos ahorros en un arma implantada…
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En un futuro donde la nanotecnología fabrica materia molécula a molécula, la obra abre con dos mundos que se tocan sin mezclarse: los Territorios Arrendados, donde un joven sin filiación invierte sus últimos ahorros en un arma implantada en el cráneo y negocia un crédito cuyo impago se cobra en dolor, y el enclave neovictoriano de Atlantis/Shanghai, cuyos ingenieros hacen brotar islas del mar como regalo de cumpleaños para una princesa. El contraste, más que el argumento, es la primera tesis del libro: la técnica abarata todo salvo la pertenencia.
El relato arranca con dos epígrafes que funcionan como brújula moral —uno sobre la distancia que la costumbre abre entre hombres nacidos semejantes, otro sobre las mareas largas que mueven la virtud y el vicio de una época— y a partir de ahí alterna, capítulo a capítulo, entre la calle y la cúspide de una misma civilización.
En el nivel bajo está Bud: músculos cultivados por parásitos programados, patines capaces de cien kilómetros por hora, gafas con retícula de puntería y, sobre todo, un arma nueva instalada bajo la piel de la frente por un artesano que exige ver el dinero antes de operar. Bud no tiene tribu ni oficio; sobrevive en los márgenes de una industria farmacéutica clandestina que funciona con inventarios mínimos, vigilantes que nunca se detienen y señuelos pagados por hora. Cuando el efectivo se agota, acude a un banquero parsi que le ofrece una línea de crédito y, con cortesía impecable, le describe un régimen de cobranza de tres fases cuyo último escalón es letal. Ninguna de estas escenas se presenta como excepción: son el procedimiento normal de un lugar donde la violencia está tarifada.
En el nivel alto está la infraestructura que hace posible esa abundancia. La obra dedica pasajes enteros —de tono más ensayístico que narrativo— a describir una Fuente: torres de admisión con forma de calas gigantes, cascadas de tanques separados por rejillas de ruedas submicroscópicas que atrapan una molécula de nitrógeno o de agua y la sueltan del lado limpio, y un haz de cintas transportadoras moleculares, el Feed, que alimenta a toda la ciudad-isla. La pureza es industrial; la ecología, un trámite de ingenieros que protegen la naturaleza con la misma minuciosidad gris con que diseñan un paso a nivel.
Entre ambos extremos aparece la familia Hackworth. John Percival Hackworth, ingeniero con el título de Artifex, viaja con su esposa y su hija a bordo de una aeronave de casco transparente para presenciar el número maestro de su empresa: una isla encantada que emerge del Pacífico cuando una niña sopla un silbato de oro, construida por miles de millones de bloques de coral inteligente que llevaban meses creciendo en el fondo del mar. Los niños corren tras centauros y dinosaurios; los adultos comen gofres sobre un suelo de diamante y se ríen de la impotencia de la naturaleza. La escena retrata con precisión una sociedad que ha elegido el decoro victoriano como tecnología social: guantes que expulsan la suciedad, camarotes recompilados según el rango del pasajero, columnistas de moda anunciando el regreso de la sombrilla.
En un claro apartado, Hackworth se cruza con Lord Alexander Chung-Sik Finkle-McGraw, uno de los grandes accionistas del conglomerado, que recita Wordsworth sobre unos versos acerca de la infancia libre frente a la infancia vigilada. La biografía del magnate —adoptado en Iowa, educado en casa, universitario sin diploma, pionero de la nanotecnología— cierra el arranque con la idea que organizará el resto: que las personas no difieren por nacimiento, pero las culturas sí, y que la educación es el único terreno donde eso se decide. Esa cita sobre la niñez guiada o dejada a su aire no es un adorno: anuncia el conflicto que la novela empieza a montar.
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