En Fergusson, un pueblo donde nunca pasaba nada, las rosas de Isele se marchitan hasta que la sangre de un vecino herido cae sobre ellas y las devuelve a una belleza imposible.
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En Fergusson, un pueblo donde nunca pasaba nada, las rosas de Isele se marchitan hasta que la sangre de un vecino herido cae sobre ellas y las devuelve a una belleza imposible. Esa misma noche alguien empieza a desangrar mujeres junto al pozo abandonado y a llevarse el líquido en una regadera. El detective Warren Nortton llega para desenmascarar a un asesino que riega con sangre, mientras la casa de la colina guarda el secreto de una caída mortal.
La novela abre con una imagen doméstica que enseguida se tuerce: una joven en silla de ruedas sale al jardín de su pequeña casa de planta baja y comprueba que sus flores, su único sustento, se han apagado en plena primavera. Isele quedó paralítica al caer por el precipicio de la colina en el accidente que costó la vida a David Bettman, su novio, y desde entonces vive de vender rosas a la señora Bettman, la dueña de la mansión que domina el pueblo. Cuando la dama le advierte que solo compra calidad, el porvenir de Isele se estrecha.
El azar —o algo menos inocente— interviene ese mismo día. Garret, el carnicero, aparece corriendo con la muñeca abierta por un arrebato de su hija Agatha, enferma de la mente, y su sangre se derrama sobre unos rosales moribundos. A la mañana siguiente, esas rosas y solo esas han resucitado: rojas, fragantes, magníficas. Isele no cree en milagros, pero sí en lo que ha visto. Y esa misma noche, junto al viejo pozo de una granja abandonada, una mujer del pueblo es cloroformizada, atada, desangrada por la muñeca derecha, y su sangre recogida cuidadosamente en una regadera.
A partir de ahí el relato adopta la forma de una investigación. Betty Banlester, hija del médico local, contrata en secreto al detective Warren Nortton, harta de que un inspector venido de fuera interrogue y se marche sin conclusiones. Ya son cinco los crímenes, todos con el mismo método y el mismo despojo: la sangre nunca aparece. Nortton recorre un pueblo otoñal de jardines apagados donde uno solo florece como en pleno verano, y en la colina recibe el ataque de una figura encapuchada con hábito de monje y una barra de hierro.
La sospecha se organiza alrededor de un frasco de cloroformo desaparecido del consultorio del doctor Banlester, y de la lista corta de quienes pudieron llevárselo: dos ancianas floristas y su sobrina, el carnicero y su hija perturbada, la señora Bettman y su hijo contrahecho, la propia Isele, la hija de la posadera. Cada nombre carga una razón posible y una coartada frágil.
El interés de la obra está menos en el enigma policial que en su premisa perversa: la sospecha de que algo hermoso puede alimentarse de sangre ajena y de que la necesidad económica baste para explicar un horror. Los personajes responden a los trazos gruesos del género, pero el clima de envidia vecinal y de culpa no resuelta sostiene la tensión.
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