Un médico de provincias es sustituido por su hermano gemelo, detective privado, en la mansión de un conde mutilado cuyas prometidas desaparecen una tras otra entre acantilados, tormentas y garfios de hierro.
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Un médico de provincias es sustituido por su hermano gemelo, detective privado, en la mansión de un conde mutilado cuyas prometidas desaparecen una tras otra entre acantilados, tormentas y garfios de hierro.
Todo empieza con un diagnóstico sin salida. En una mansión señorial alzada sobre un acantilado batido por el mar, el joven doctor Walter Howard sentencia que la condesa Maylor ha perdido la razón y debe ser internada. Esa misma noche, mientras la tormenta apaga las luces de la casa y los relámpagos son la única iluminación posible, la enferma se venga con una cimitarra tomada de la sala de armas: el conde Maylor queda sin manos, y ella, acosada por su propio marido hasta el borde del precipicio, se arroja al vacío. De aquella escena inaugural queda un hombre de carácter duro y violento reducido a dos garfios de hierro escondidos en guantes negros rellenos de algodón, una hija de veintidós años con la mente detenida en la infancia y una casa habitada por parientes silenciosos que nunca objetan nada.
Meses después, la invitación al compromiso matrimonial del conde con Juliet Resmer llega al despacho del doctor Howard como una incongruencia difícil de digerir: la novia es una antigua corista de pasado turbio, y fue su propia prometida antes de que él descubriera sus mentiras. Howard, tímido y estudioso, decide no acudir; su hermano gemelo Maxim, detective privado de protección recién llegado de Londres, decide lo contrario. Idénticos en el rostro y opuestos en todo lo demás —uno mira el mundo tras gruesos cristales de miope, el otro tiene vista de lince y el cuerpo entrenado—, acuerdan una suplantación sencilla: nadie en Pestyllan sabe que el médico tiene un hermano.
Lo que Maxim encuentra en la fiesta no es júbilo sino terror. La futura condesa le suplica ayuda con una frase que se le queda grabada: cree haber cavado su propia fosa. Le habla de golpes con el garfio, de amenazas, de un amante al que no piensa renunciar y de una noche que debe pasar bajo aquel techo. Maxim promete esperarla a las tres en punto, junto al bosque. A la cita, la muchacha no acude, y su desaparición se explica con una versión demasiado cómoda que el detective no está dispuesto a tragarse.
Entonces la historia hace algo peor que continuar: se repite. Una segunda invitación anuncia un segundo compromiso, con otra mujer conocida en el night-club de la ciudad, y la velada reproduce la anterior con exactitud de calco —el mismo mayordomo inclinándose en la puerta, la misma mano de guante negro tendida, la misma amabilidad hueca de los parientes, la misma sonrisa vacía de la hija y, otra vez, esa frase idéntica sobre la fosa propia—. Solo la joven Geraldine, a quien todos consideran incapaz de comprender, se atreve a formular en voz alta lo que Maxim ya sospecha: que el final será el mismo. Cuando el detective acude a la segunda cita con antelación, bajo una lluvia fina y persistente, la mansión está a oscuras y algo cruje entre la hojarasca.
Relato de terror clásico construido con los materiales del folletín criminal —herencia envenenada, casa aislada, tormenta, mutilación y suplantación de identidad—, avanza por escenas de fuerte carga física y diálogos secos, apoyándose menos en el misterio de quién que en la certeza angustiosa de que el mecanismo volverá a ponerse en marcha. La prosa no ahorra crudeza en los momentos decisivos, y la simetría entre las dos fiestas funciona como una trampa que se cierra a la vista del lector.
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