Dany Larralde llega a un gran casino instalado en el ala noble de una antigua mansión rural para hacerse cargo de las relaciones públicas de su reapertura.
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Dany Larralde llega a un gran casino instalado en el ala noble de una antigua mansión rural para hacerse cargo de las relaciones públicas de su reapertura. Media hora libre antes de la entrevista lo lleva por una alameda húmeda hasta un pozo tapado con una reja, que responde a una piedra con un quejido en lugar de un eco, y hasta un cementerio sin cruces oculto detrás de los setos. Al asomarse a la mirilla de la cripta, algo golpea desde dentro. Desde entonces, cada gesto profesional convive con una pregunta que no puede formular en voz alta.
Dany Larralde vive de caer bien. Relaciones públicas cotizado, coleccionista de cócteles, contactos y aventuras sin consecuencias, aterriza en un casino de juego montado en el ala noble de una mansión rural para ocuparse de su reapertura. Le sobra tiempo antes de conocer a Armando Benotti, el director gerente que fuma con ostentación y prefiere llevar personalmente los asuntos delicados, así que sale a pasear.
En ese paseo empieza otra historia. Hay niebla que sube del suelo, álamos que parecen cuchichear sin viento, un muro de piedra con siglos encima y un pozo cubierto por una reja que, al recibir una piedra, devuelve un quejido largo en vez de un eco. Detrás de un seto perfectamente recortado se abre un cementerio abandonado en el que no se ve una sola cruz, con lápidas comidas por el musgo y una cripta cuyo ángel cincelado se ha vuelto oscuro de humedad. Larralde, que siempre se ha reído del cine de terror, acerca la cara a la mirilla, y algo golpea desde dentro.
El relato avanza después sobre dos raíles que se van acercando. En uno, el oficio: listas de invitados, banqueros, jeques y estrellas a quienes hay que convencer asegurándoles que los demás ya aceptaron; el encargo incómodo de vigilar a los compañeros; la llegada de Armonía Hyman, croupier de ojos verdes que hace preguntas mejores que las suyas. En el otro, lo que Larralde no cuenta a nadie: un jardinero llamado Bernard que conoce al detalle la tradición funeraria de los Goriot y no figura en ninguna ficha de personal, un conde propietario y casi siempre ausente, una llave única y una orden tajante de que nadie entre.
Narrada en primera persona por un hombre acostumbrado a controlar la impresión que causa, la novela usa el cinismo del narrador como medida exacta del miedo: cuanto más razonables suenan sus explicaciones, menos se las cree él mismo. Terror clásico de atmósfera, humedad y puertas cerradas, donde el lujo del casino y el olvido del cementerio comparten propietario.