En un puerto sudamericano ficticio dominado por una mina de plata, la lealtad de un hombre del pueblo se convierte en la moneda más disputada de una revolución.
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En un puerto sudamericano ficticio dominado por una mina de plata, la lealtad de un hombre del pueblo se convierte en la moneda más disputada de una revolución.
Sulaco es un puerto recogido en el fondo de un golfo donde el viento casi nunca sopla: una bahía cercada por montañas, cubierta de nubes bajas y protegida durante siglos por su propia quietud del comercio del mundo. La provincia pertenece a Costaguana, una república cuyos gobiernos se suceden a golpe de pronunciamiento, y a la que llegan por mar los vapores de una compañía extranjera, los rieles de un ferrocarril en construcción y cuadrillas de obreros italianos y vascos. Sobre la ciudad y sobre el relato pesa la mina de Santo Tomé, cuya plata sostiene fortunas, financia bandos y arrastra a todos hacia una misma órbita.
El centro humano de esa órbita es Nostromo, capataz de cargadores del muelle, un marinero genovés que dejó su barco para probar suerte en tierra. Su prestigio no proviene de un cargo ni de una fortuna, sino de una reputación intachable y de un temple que impone respeto a ladrones, patrones y notables por igual: cuando una asonada estalla y el dictador derrotado huye a lomos de una mula agonizante, es él quien encabeza a los cargadores, defiende el muelle y salva a los fugitivos. A su alrededor se ordena una comunidad entera: el viejo Giorgio Viola, republicano y antiguo garibaldino que regenta una posada a medio camino entre el puerto y la ciudad, su mujer Teresa y sus dos hijas, Linda y Giselle; el capitán Mitchell, superintendente convencido de que su compañía nunca comete errores; Charles Gould, dueño de la mina y creador idealista de los intereses materiales; su esposa, llamada la primera dama de Sulaco; el doctor Monygham; el historiador don José Avellanos y su hija Antonia; y el escéptico Martín Decoud, a quien solo una pasión sincera podría redimir de su propia frivolidad.
Lo que la novela pone a prueba no es la codicia sino la reputación: qué ocurre cuando la fidelidad de un hombre queda expuesta al peso de un tesoro y a los cálculos de quienes lo mandan. En torno a un cargamento de plata que debe salvarse de la revolución se cruzan aristócratas y bandidos, idealistas y oportunistas, latinos y anglosajones, y de ese cruce nace un Estado nuevo cuyos verdaderos artífices son un hombre del pueblo y una mujer de la vieja aristocracia. El desenlace de esa hazaña no trae descanso: el capataz llega a la riqueza y a la fama, pero conserva encerrada en el pecho la conciencia de su propia ruina moral y la convicción confusa de haber sido traicionado sin saber bien por quién.
La obra se abre con una nota del autor que refiere el origen del libro —una anécdota oída de joven en el Golfo de México sobre un hombre que robó él solo un cargamento de plata, reencontrada décadas después en la autobiografía de un marinero— y con la explicación de por qué aquel granuja debía transformarse, en la ficción, en una figura de carácter. Ese preámbulo enmarca lo que sigue: una crónica de un país imaginario contada con la distancia de quien afirma haber vivido allí, donde el paisaje —el Higuerota nevado, las Isabelas, la península maldita de Azuera con sus gringos fantasmales condenados a custodiar un tesoro— funciona como testigo mudo de las pasiones que mueven a los hombres.
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