En una mansión aislada del norte de Inglaterra, una boda celebrada a medianoche se interrumpe cuando un apagón de apenas un minuto deja al novio mutilado ante el altar.
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En una mansión aislada del norte de Inglaterra, una boda celebrada a medianoche se interrumpe cuando un apagón de apenas un minuto deja al novio mutilado ante el altar. Un rayo derriba el único puente y los ocho invitados quedan encerrados con la certeza de que el agresor es uno de ellos. Novela breve de misterio y terror gótico que combina el enigma del cuarto cerrado con una atmósfera opresiva de sospecha creciente.
Tras cuatro días de lluvia, una tormenta descarga sobre una vieja casona de líneas severas levantada junto a los pantanos, no lejos de Peterhead. Dentro, en una capilla particular de columnas deterioradas y pinturas borradas por el tiempo, el aristócrata Peter Harrison se casa con Bárbara Mayne, animadora de club, a una hora que él mismo eligió por capricho: las doce de la noche. Solo asisten tres parejas y Susan, la hermana de la novia, a quien la ceremonia le va poniendo la carne de gallina mucho antes de que ocurra nada.
La luz se apaga. En la oscuridad se oyen dos gritos. Cuando vuelve la corriente, el novio ya no tiene ojos, y su primera reacción no es pedir auxilio, sino exigir que el sacerdote continúe con el enlace. Un tenedor de plata abandonado en mitad del pasillo es la única prueba: nadie tiene las manos manchadas, nadie se ha movido de su sitio, y en varias millas a la redonda no hay un alma más. El cálculo es tan simple como insoportable: el culpable está entre los presentes.
El sacerdote sale a buscar ayuda y un rayo destruye el puente a sus espaldas. Con los pantanos por un lado y un bosque enmarañado por el otro, la casa se convierte en ratonera. Cuando el herido empieza a gritar desde su dormitorio que sabe quién ha sido, el médico del grupo propone evacuar a los invitados a un pabellón de madera cercano: si el mutilado busca venganza, cualquiera puede ser el destinatario. Y si no es él quien golpea primero, seguirá siendo uno de ellos.
La novela va desnudando entonces el verdadero motivo de aquella lista de invitados tan corta. Bárbara confiesa a su hermana lo que todos intuían: que odiaba al hombre con quien iba a casarse, que se casaba por amenaza y no por deseo, y que los tres caballeros sentados en la capilla fueron antes sus amantes o sus pretendientes, convocados a propósito para que presenciaran una victoria ajena. Alrededor de ellos orbitan una madre autoritaria, una hermana celosa y una tía temerosa de un sobrino mimado: tres mujeres que ya habían decidido a quién culpar mucho antes del apagón.
A partir de ahí los hechos se encadenan sin tregua. Un paciente que desaparece de la cama que, según el criado, nunca abandonó. Una figura con gafas negras y una antorcha cruzando el pantano en plena noche, imposible de creer y sin embargo vista. Un incendio que devuelve a todos a la casa de la que acababan de huir. Y una frase dicha en voz baja en un dormitorio en penumbra que se cumple, minuto a minuto, con exactitud macabra.
Escrita con capítulos cortos, diálogo tenso y una prosa que insiste en el frío, la humedad y los cortinajes, la obra pertenece a esa tradición popular en la que el enigma racional convive con lo que parece sobrenatural sin que el lector sepa nunca cuál de los dos acabará imponiéndose. Su fuerza está menos en el crimen que en el encierro: un grupo reducido de personas que se vigilan unas a otras, que discuten quién merece la culpa, y que sospechan, con razón, que quien duerme al otro lado del tabique fue capaz de hacer lo que vieron.