Sabin Campos tiene veintidós años, una belleza que desarma a quien la mira y una vida partida en dos: las pasarelas de diseñadores noveles y los domingos de locutorio, al otro lado del cristal que lo separa de su padre preso.
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Sabin Campos tiene veintidós años, una belleza que desarma a quien la mira y una vida partida en dos: las pasarelas de diseñadores noveles y los domingos de locutorio, al otro lado del cristal que lo separa de su padre preso. Lleva las uñas pintadas, la melena rubia bajo una gorra y una regla de supervivencia aprendida a golpes: no sentir, no reaccionar, no dar munición. A pocos kilómetros, en una escuela hípica a las afueras de Madrid, Sinaí trabaja entre caballos, tatuajes y motores, presume de follar sin ataduras y contempla con espanto cómo el amor va contagiando, uno a uno, a todos los suyos. Dos maneras opuestas de blindarse frente al mundo que están a punto de cruzarse. Una novela romántica contemporánea, deslenguada y tierna a partes iguales, sobre identidad, familia elegida y la incomodidad de bajar la guardia.
Hay quien se protege haciéndose invisible y quien lo hace ocupando todo el espacio. Esta novela reúne las dos estrategias en un mismo relato y las obliga a mirarse de frente.
Sabin —Sardi para casi todos— acaba de cumplir veintidós años y trabaja como modelo para diseñadores tan principiantes como él, mientras paga las facturas con encargos de diseño gráfico. Su aspecto, de una delicadeza que confunde a quien no sabe mirar, le ha costado desde el instituto burlas, insinuaciones y algún que otro labio partido; también le ha enseñado artes marciales, esgrima y el hábito de llevar tabaco encima aunque no fume, por si acaso. Cada domingo cruza los controles de una prisión para ver a Roberto, su padre, un soñador que cree en él sin matices y que cumple condena por algo que, admite el propio Sabin, se ganó a pulso. Entre ambos circula un cariño torpe y luminoso, hecho de bromas, reproches viejos —una madre que no llama, un abuelo con dinero y sin afecto, un piso heredado que sigue doliendo— y de gestos mínimos, como una rosa amarilla lanzada desde el público que un padre quiere colocar en el lugar de honor de su celda.
Sinaí, en cambio, no negocia. Alta, rubia, tatuada, con el pelo corto y la lengua afilada, dirige junto a sus hermanas una escuela hípica en una dehesa a las afueras de Madrid. Separa el sexo del amor con una nitidez casi doctrinal, se niega a llamar madre a su madre y ha construido su identidad sobre la certeza de ser el reverso de las mujeres que la criaron y la acompañan. Pero su mundo se le está moviendo bajo los pies: sus hermanas se han emparejado, su mejor amigo también, y la noticia de un embarazo la deja sin aire y con una pregunta incómoda dando vueltas —qué pasa con quien se queda cuando todos alrededor empiezan a formar sus propias familias.
La autora alterna la narración con monólogos en primera persona de sus protagonistas, confesiones directas al lector que funcionan como radiografía: ahí Sabin habla de su padre sin filtros y Sinaí de su cuerpo sin pudor. El resultado es una novela de registro coloquial y humor bronco, atravesada por la música de Extremoduro y por una preocupación de fondo muy concreta: la moda como territorio de exclusión, la masculinidad como uniforme obligatorio, la diversidad funcional relegada al margen. El proyecto de desfiles benéficos e inclusivos en el que Sabin acaba implicándose no es un adorno argumental, sino la traducción práctica de lo que la historia defiende.
Ambientada en un Madrid que va del locutorio carcelario al taller de tatuajes y de la pasarela a las cuadras, es una historia coral que se apoya en un elenco familiar reconocible para quienes ya conozcan el universo de la autora, pero que se sostiene sola. Y, sobre todo, es un romance construido sobre una intuición sencilla y difícil: que las armaduras que nos salvaron de jóvenes son las mismas que después nos impiden dejar entrar a nadie.
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