En un invierno de guerra y estrecheces, cuatro hermanas muy distintas entre sí —la sensata Meg, la indómita Jo, la callada Beth y la presumida Amy— deciden convertir la renuncia en juego y la carencia en carácter.
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En un invierno de guerra y estrecheces, cuatro hermanas muy distintas entre sí —la sensata Meg, la indómita Jo, la callada Beth y la presumida Amy— deciden convertir la renuncia en juego y la carencia en carácter. Esta edición recupera el texto original de Louisa May Alcott, más mordaz y menos complaciente que la versión abreviada que popularizaron traducciones y adaptaciones posteriores.
Todo empieza con una queja junto al fuego: no habrá regalos esta Navidad. El padre de las March está lejos, sirviendo como capellán en el frente, y el dinero que sostenía a la familia se perdió hace años. Meg, la mayor, da clases a niños que no la aprecian; Jo pasa las tardes al servicio de una tía anciana e insufrible; Beth carga con la casa y con su propia timidez; Amy sobrelleva las burlas de sus compañeras de escuela. Entre las cuatro suman un dólar por cabeza y una lista de deseos modestos que, en apenas unas páginas, deciden entregar a su madre en forma de regalo compartido.
De ese primer gesto nace el pulso de la novela. La señora March propone a sus hijas convertir el año de ausencia paterna en una travesía: no un juego infantil de peregrinos por los cuartos de la casa, sino un recorrido real por sus propios defectos, con las cargas que cada una ha nombrado en voz alta —la vanidad, el genio, el miedo, el egoísmo— a la espalda. La promesa de ser aquello que el padre llama, en su carta, «mis mujercitas» organiza el relato sin volverlo solemne: las hermanas ensayan tragedias caseras con villanos envenenados y brujas sobre calderos, discuten sobre modales y palabras vulgares, cosen sábanas bautizando cada costura con el nombre de un continente y, una mañana de Navidad, regalan su desayuno a una familia que pasa hambre a pocas calles de allí.
Lo que sostiene el libro no es la peripecia sino la observación. Alcott escribe una casa: la alfombra desvaída, el piano de teclas amarillas, las zapatillas puestas a calentar antes de que la madre vuelva, el canto compartido a las nueve de la noche. Sobre ese fondo doméstico traza cuatro temperamentos que se corrigen, se ríen unos de otros y se reconocen. Jo, que detesta crecer y preferiría haber nacido varón, que escribe y actúa y silba con las manos en los bolsillos, es el centro nervioso del conjunto y el retrato más transparente de la autora, segunda de cuatro hermanas en una familia culta y sin recursos.
Esta edición traduce el texto que Alcott publicó en Estados Unidos entre 1868 y 1869, anterior a la revisión de 1880 que suprimió capítulos, suavizó expresiones consideradas impropias y desplazó el peso del libro hacia los noviazgos de las muchachas. Devuelto a su forma primera, el relato recobra filo: la ironía sobre la decencia obligatoria, la crítica a una sociedad que oculta su miseria bajo faldas espléndidas, la incomodidad de una joven a la que el mundo quiere convertir en señorita. El prólogo de la traductora Gloria Méndez explica esa decisión y advierte de lo que suele ocurrirles a los clásicos: se hablan más de lo que se leen.
El resultado es un libro doble. Sigue siendo la novela de infancia que muchos lectores creen recordar —el humor, la ternura, la lealtad entre hermanas, la emoción de una carta que llega desde el frente— y es también algo más áspero y más adulto: la crónica de cuatro mujeres aprendiendo a querer y a resistir en un tiempo que les ofrecía muy poco margen. Casi ciento cincuenta años después, esa complicidad femenina que Alcott puso en el centro sigue reconociéndose sin esfuerzo.