Un obrero recién jubilado espera durante semanas el homenaje que cree merecer tras cuarenta y tres años en la fábrica, y cuando comprueba que nadie piensa organizarlo, decide tomar el asunto en sus propias manos de la manera más…
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Un obrero recién jubilado espera durante semanas el homenaje que cree merecer tras cuarenta y tres años en la fábrica, y cuando comprueba que nadie piensa organizarlo, decide tomar el asunto en sus propias manos de la manera más inquietante posible: escribir y dejar dispuesto, punto por punto, el guion de su propio funeral.
Llorenç lleva cuarenta y tres años fichando cada mañana un par de minutos antes de la hora. Nunca ha faltado un día, ha sido Trabajador del Mes tantas veces que la propia empresa perdió la cuenta, ha hecho de secretario, de anfitrión, de mediador en las huelgas. Cuando por fin se jubila, la fábrica lo despide con una butifarrada en el aparcamiento que la lluvia deshace antes de que nadie le pida esas cuatro palabras que llevaba semanas puliendo en una libreta, durante los descansos de media mañana y en las tardes silenciosas del club de pesca. No hay placa. No hay discurso. Solo un pastel de limón y mango destrozado a manotazos por unos niños.
Lo que empieza como un agravio de oficina se convierte en una espera doméstica y obsesiva. Llorenç calcula plazos, inspecciona las matrículas de los coches aparcados en la calle, abre la puerta de casa con delicadeza por si alguien susurra desde la despensa, sostiene la certeza de que su hija mayor volverá del Senegal para la fiesta sorpresa. Mientras tanto repasa el inventario de su propia bondad: las madrugadas haciendo de chófer para sus hijas y las amigas de sus hijas —ciento catorce noches con una, cuarenta y seis con la otra—, los cinco años disfrazado de paje real llamando al timbre de casa y de las casas vecinas, la vida entera resumida en siete palabras que le pidió una tarea escolar: “Lo doy todo para que no falte nada”.
La fiesta no llega. Llega, en cambio, una apendicitis, una semana de hospital y una constatación amarga: para que te digan cosas bonitas, hay que morirse. Le ocurrió al mozo rubio del almacén, muerto en la carretera comarcal tras diez semanas de trabajo, y a quien despidieron con tarima, cuarteto de cuerda y el ayuntamiento en pleno. Volviendo a casa por esa misma carretera, Llorenç empieza a conducir con los ojos cerrados, contando señales de memoria, midiendo cuánto duraría la envidia de un muerto.
El relato avanza hacia una escena de cocina de una comicidad devastadora: un padre con la libreta en la mano, una hija recién operada en silla de ruedas y una esposa que solo quiere poner lavadoras, mientras él expone en cuatro puntos numerados cómo quiere que sea su funeral —quién hablará, quién no hablará bajo ningún concepto, dónde colocar la placa póstuma si a alguien le da por concedérsela tarde. Escrito en un catalán oral, veloz y lleno de ironía, con un narrador que se cuela en la primera persona del plural del chismorreo y en la segunda del reproche, este es un retrato del hombre que dio todo esperando en silencio que alguien lo notara, y del momento exacto en que ese silencio se le vuelve insoportable. Una comedia sobre la vanidad de los humildes, el reconocimiento como moneda que nunca llega a tiempo y la desconcertante dignidad de quien decide, por fin, hacérselo uno mismo.
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