Un periodista que se hace llamar Raoul Duke y su abogado, el doctor Gonzo, cruzan el desierto de California rumbo a Las Vegas en un descapotable rojo alquilado, con el encargo de cubrir una carrera todoterreno, el Mint 400, y con el…
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Un periodista que se hace llamar Raoul Duke y su abogado, el doctor Gonzo, cruzan el desierto de California rumbo a Las Vegas en un descapotable rojo alquilado, con el encargo de cubrir una carrera todoterreno, el Mint 400, y con el maletero convertido en un arsenal de sustancias. Lo que empieza como un viaje de trabajo se deforma casi de inmediato: los vampiros en el cielo, la crisis del autostopista abandonado en mitad de la nada, el recepcionista que se convierte en murena, el vestíbulo del hotel poblado de reptiles. La crónica deportiva nunca llega a escribirse del todo; en su lugar queda el registro de dos hombres que se han propuesto perseguir el Sueño Americano a ciento ochenta por hora y descubren, entre la euforia y el pánico, qué queda de él a comienzos de los años setenta.
Arranca en la carretera, cerca de Barstow, en el instante exacto en que las drogas empiezan a hacer efecto y el narrador cede el volante. A partir de ahí, el relato avanza en primera persona por un territorio donde la crónica periodística y la alucinación comparten el mismo carril. El encargo es real y verificable: una revista deportiva de Nueva York ha pagado el hotel, el coche y trescientos dólares en metálico para que su enviado cubra el Mint 400, una carrera de motos y todoterrenos organizada en honor del propietario de un hotel del centro de Las Vegas. El resto —el inventario minucioso de sustancias, el magnetófono con una única cinta sonando en bucle, la Vincent Black Shadow que nunca aparece, la ropa de cura que no llegan a robar— es la maquinaria que el narrador monta para poder llamar a todo esto un reportaje.
Lo acompaña su abogado, presentado como samoano, que dispensa consejo jurídico con la misma naturalidad con la que administra ácido, amilo y amenazas telefónicas. La pareja funciona como un motor de dos tiempos: uno dispara la fabulación, el otro la sostiene y la eleva. Su primera víctima es un autostopista que sube al descapotable ilusionado y termina huyendo a pie por el desierto después de escuchar, a gritos y por encima de la radio, una explicación cada vez más siniestra de adónde van y a qué. Ese episodio fija el mecanismo del libro: la historia que los protagonistas se cuentan a sí mismos siempre desborda a quien tiene la mala suerte de escucharla.
La llegada a Las Vegas convierte el viaje en asedio. Hay que registrarse en el hotel bajo un nombre falso con la cabeza llena de ácido, sortear una cola, recoger credenciales de prensa, tratar con botones y aparcacoches, y hacerlo mientras la alfombra parece empapada en sangre y la empleada de recepción muta en algo con colmillos. Un fotógrafo llamado Lacerda espera en la planta doce; un supuesto barón de la heroína, inventado sobre la marcha, se convierte en coartada narrativa. En la suite, el neón de la ventana tapa las montañas y el noticiario habla de la guerra mientras los protagonistas piden pomelos frescos por vitamina C.
Bajo la comedia de excesos late un examen bastante frío. El narrador hace balance de la década que acaba de cerrarse —un combate de boxeo visto desde cuatro asientos por debajo del gobernador, líderes asesinados, figuras contraculturales encarceladas o retiradas— y concluye que el país ha cambiado de dueño. El Sueño Americano al que dicen ir persiguiendo se define aquí de forma literal y sarcástica: un desconocido que llama por teléfono, otra desconocida que entrega dinero sin motivo, crédito ilimitado y ningún encargo claro. La obra es a la vez una comedia de carretera de velocidad brutal, un ejercicio fundacional de periodismo escrito desde dentro del acontecimiento y una elegía sobre lo que quedó cuando se apagaron los años sesenta.
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