En un club nocturno de mala muerte de Nueva York, una pelirroja encantadora y demasiado lista se cuela en el camerino de un hipnotizador ciego que asegura dejar a su público sin vista durante un minuto.
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En un club nocturno de mala muerte de Nueva York, una pelirroja encantadora y demasiado lista se cuela en el camerino de un hipnotizador ciego que asegura dejar a su público sin vista durante un minuto. La entrevista es un juego de esgrima verbal donde ninguno de los dos dice la verdad, y cuando las luces se apagan de veras, ella descubre que la oscuridad no se va a marchar cuando termine el número.
El letrero de la fachada promete pánico estimulante y un minuto de angustia que hará sentirse vivo a quien entre. Detrás de esa promesa hay un local sórdido, humo espeso, vodka que sabe a matarratas y un público dispuesto a pagar por asustarse. Hasta allí llega una joven pelirroja de ojos verdes cuya elegancia desentona con el sitio desde el momento en que se baja del taxi; dice ser periodista de una revista femenina de poca tirada y venir a documentar la atracción del momento.
Su método para llegar al camerino es el primer aviso de quién es: soborna al portero con veinte dólares y un beso, miente sin pestañear al primer empleado que le pregunta, y encaja con humor las respuestas absurdas que le devuelve el hombre al que ha venido a ver. Porque el Profesor Tenebro no contesta nada. Alto, pálido, vestido con un esmoquin impecable en aquel agujero, con unos ojos velados de un gris casi blanco que parecen de humo, responde a las preguntas sobre su nombre y su origen con una fábula de niebla, murciélagos y caimanes, y afirma que vive en las tinieblas insondables del mundo. Lo único que sostiene sin adornos es que no hay truco: que puede arrastrar a la oscuridad a cuantos estén a cierta distancia, y que lo hace por voluntad.
La entrevista se invierte sin que ella lo evite del todo. El ciego le pide permiso para reconocerle el rostro con los dedos y, mientras la recorre, le habla de radiaciones, de una zona de influencia magnética amplísima, de una inteligencia excepcional que debería cuidar. Le advierte también que la ha calado. Ella se retira ofendida por la falta de sinceridad, sin sospechar que acaba de recibir un diagnóstico.
En la sala la espera un segundo interlocutor igual de escurridizo: un pelirrojo simpático de treinta y dos años que se presenta como amigo del profesor y se dedica, dice, a negocios diversos. Se ríen juntos, se toman la medida, no se dicen nada. Después el escenario, el silencio, las manos blancas extendidas, y las luces que empiezan a hundirse en un pozo cada vez más denso hasta que no queda nada: ni la sala, ni el rostro flotante del artista, ni el resplandor que debería colarse desde la calle por las ventanas. Entre gritos, sillas caídas y cristales rotos, una mano le toca el pelo y un golpe brutal la deja sin sentido.
Despierta en un silencio y una negrura absolutos, con la cabeza estallando y las lentillas todavía puestas. Se relaja hasta dominar el dolor, tantea el suelo, encuentra una pared, una puerta, un pasillo, y avanza a ciegas hasta tropezar con un pecho, un rostro alargado y helado. La voz que le contesta le informa con cortesía de que las luces están encendidas, que su ceguera no es transitoria, que la trajeron en una camioneta hasta un lugar llamado el Palacio de las Tinieblas y que el golpe lo dio el simpático pelirrojo por encargo suyo. El motivo es lo más inquietante: no la secuestraron a pesar de su inteligencia, sino a causa de ella, y a causa de su mentira. Alguien ya ha telefoneado a la revista para la que dijo trabajar.
Lo que sigue es un pulso entre dos impostores en el que ella ha perdido la vista y él conoce el terreno de memoria. La novela usa la mecánica de un espectáculo de feria para plantear algo más incómodo: quien pretendía observar ha quedado convertida en objeto de estudio, y en ese sótano sin luz la única ventaja que le queda es la misma facultad que la delató.
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