Una larga carta escrita en Barcelona, en octubre de 1973, sirve a Guillermo —violinista, viudo, hijo de un abogado intransigente— para confesarle a Sebastián, el amigo de toda la vida, lo que este ya ha visto y ambos han callado durante…
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Una larga carta escrita en Barcelona, en octubre de 1973, sirve a Guillermo —violinista, viudo, hijo de un abogado intransigente— para confesarle a Sebastián, el amigo de toda la vida, lo que este ya ha visto y ambos han callado durante décadas. Entre el recuerdo del internado, un matrimonio pactado que terminó en tragedia y la presencia incómoda de María, la mujer que compartieron, la novela reconstruye una educación sentimental hecha de silencios, sospechas y deseo aplazado.
Alguien llama por teléfono de madrugada y cuelga sin decir palabra. De esa cobardía nace la carta que ocupa este libro: Guillermo, ya entrado en años, decide por fin explicarle a Sebastián lo que su amigo descubrió una noche en su casa, y para hacerlo tiene que remontarse más de veinte años atrás, hasta la infancia que compartieron.
El relato avanza como una confesión que se va desnudando a sí misma. Está el padre, un abogado de virilidad rudimentaria que llevó a su hijo a un burdel como quien lo somete a un examen de solfeo y que, agotada la paciencia, le ordenó casarse. Están las veladas de novias casaderas, indistinguibles como ramitas de un herbario escolar, y la elección casi arbitraria de Leonor, una muchacha sin madre a la que Guillermo apenas llegó a mirar y que murió antes de cumplir los veinte años, dejándole una hija, Elena, y un rostro que ya no consigue arrancar de las fotografías. Está la luna de miel en el Ampurdán, con su comedia atroz de risas incontenibles, vasos de agua y crueldades pequeñas, y está Josep, el masovero que soñaba con instalar colmenas en el encinar y que, con una franqueza devastadora, le dijo lo que nadie más se atrevía a decirle.
Y está, sobre todo, María: cuarentona, vulgar, generosa, instalada en un piso de la calle Aribau, amante compartida y punto ciego de una amistad que se sostenía sobre la ignorancia deliberada del cuerpo del otro. Una frase suya, dicha sin malicia, basta para que Guillermo comprenda que Sebastián tiene carne, deseo e historia propia, y para que el afecto sereno con que lo había amado se convierta en algo mucho menos manejable. A partir de ahí, la culpa, el disimulo y una noche de fiebre junto a la cama del amigo enfermo terminan de sellar el destino del narrador.
Ambientada en la Barcelona franquista, la novela retrata con precisión un mundo donde el rumor funciona como condena y donde la vida entera puede organizarse alrededor de aquello que no puede nombrarse. La voz de Guillermo —irónica, lúcida, implacable consigo misma y a menudo injusta con los demás— sostiene un relato que es a la vez confesión amorosa, ajuste de cuentas familiar y examen de conciencia sobre el daño que causan los cobardes. El resultado es un retrato moral de una generación educada para mentir, y de un hombre que descubre demasiado tarde que la sinceridad también tiene su precio.
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