Reginald Marks y Eva Lamarr son dos agentes del Servicio Secreto de Su Majestad que guardan un secreto ante sus superiores: se aman. Un desconocido que se hace llamar doctor Klom convierte esa debilidad en palanca: gasea el apartamento…
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Reginald Marks y Eva Lamarr son dos agentes del Servicio Secreto de Su Majestad que guardan un secreto ante sus superiores: se aman. Un desconocido que se hace llamar doctor Klom convierte esa debilidad en palanca: gasea el apartamento donde pasan su permiso e inyecta a Eva una sustancia que la desfigura por completo, reduciendo su belleza a una máscara envejecida y deforme. El antídoto tiene precio: un robo en Singapur, en una clínica amurallada donde ella deberá ingresar como paciente y él entrar de noche a vaciar una caja fuerte.
La novela arranca en un registro deliberadamente ligero: una habitación, dos amantes y la broma recurrente sobre la cara que pondría el jefe del Servicio Secreto si supiera que dos de sus mejores agentes se acuestan juntos en cuanto tienen ocasión. Reginald Marks presume de cinismo profesional; Eva Lamarr, veinticuatro años y una belleza que el narrador subraya sin ahorro de adjetivos, le devuelve cada pulla. Solo cuando ambos reconocen en voz alta que se han enamorado asoma la primera sombra: en su oficio, un lazo afectivo serio equivale a una pérdida de rendimiento, y quizá a una sentencia.
Esa confesión es también la bisagra del libro. Eva se desploma, Marks pierde el conocimiento, y al despertar encuentra junto a la cama un cuerpo que reconoce y no reconoce: la piel ajada, el cabello convertido en estropajo, el rostro cubierto de verrugas y deformidades, los ojos desparejos. El pasaje es puro terror corporal y el autor lo sostiene sin prisa, desde la incredulidad de quien se abofetea para despertar de una pesadilla hasta el estallido de la propia Eva ante el espejo del cuarto de baño, muda, aullando, dispuesta a matarse antes que seguir viviendo así.
El responsable espera sentado en un sillón. Se hace llamar doctor Klom, es chino, no dice ser espía y ha elegido a Marks con método: no por dinero ni por amenazas, sino porque, a diferencia de otros hombres de su clase, este ama a alguien. La transformación de Eva no es castigo, es contrato. Quiere el contenido íntegro de una caja fuerte que hay en la clínica del doctor Yeng, en Pasir Panjang, a las afueras de Singapur: un edificio rodeado de un jardín casi selvático, verjas altas, guardias armados que doblan turno de noche y quizá vigilancia electrónica. Eva entrará por la puerta principal, con la única credencial que el propio Klom le ha fabricado —su monstruosidad—, localizará la caja, estudiará la guardia y abrirá el camino; Marks hará el resto. El odio con que Klom pronuncia el nombre de Yeng anuncia que el encargo no es solo un robo.
El tramo final del arranque es un ejercicio de tensión administrativa: el registro en la verja, el pasillo, la ficha, el pasaporte retenido, la autorización que Eva firma “con todas sus consecuencias” sin poder pronunciar una palabra, y la aparición de Yeng, una mole esférica de bata blanca y ojos minúsculos ante la cual nadie de la clínica se ha inmutado al ver el rostro de la paciente. Esa indiferencia es el dato más inquietante de todos.
Es literatura popular de espionaje escrita con oficio: capítulos breves, diálogo predominante, humor de cuartel en la superficie y, debajo, una idea desagradable y eficaz —el cuerpo de una mujer usado como moneda de cambio y como llave de entrada—. La intriga avanza menos por la caja fuerte que por la pregunta que la rodea: qué se hace exactamente en esa clínica, y por qué allí una monstruosidad no llama la atención de nadie.
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