Un libro de poemas que convierte la mirada científica —la luz de estrellas ya muertas, el álgebra celeste, la herencia genética— en materia de meditación lírica, para preguntarse cómo sostener el asombro y la alegría dentro de un universo…
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Un libro de poemas que convierte la mirada científica —la luz de estrellas ya muertas, el álgebra celeste, la herencia genética— en materia de meditación lírica, para preguntarse cómo sostener el asombro y la alegría dentro de un universo que nos excede.
Esta obra reúne una serie de poemas extensos, de dicción reposada y respiración discursiva, que avanzan como pensamiento en voz alta. Abre bajo dos epígrafes que anuncian su tensión de fondo —la extrañeza insondable del universo y la necesidad de que algo permanezca sagrado— y despliega desde ahí una primera sección titulada “El entusiasmo de la decepción”, fórmula que condensa su método: partir del desengaño para llegar, no a la queja, sino a una forma difícil de celebración.
El arranque fija el tono. La contemplación del cielo nocturno, donde la luz que vemos pertenece a astros ya extinguidos, se convierte en modelo de toda experiencia: amar es haber amado, el dolor compartido resulta tan antiguo que ya no hiere, y la vida se define como nostalgia de un rincón del firmamento cuyo mapa hemos perdido. Los cálculos infinitesimales que miden las galaxias no alejan al que ama, lo acercan. A partir de ahí, los poemas ensayan variaciones sobre un mismo eje: el amanecer como combate cotidiano de la luz contra la incertidumbre; la rosa que se sustituye a sí misma sin dolor, frente a la conciencia humana que nos vuelve inconsolables; el temperamento entendido como destino, apetito ciego que desmiente la ilusión de gobernarnos por la razón.
La mirada se detiene con especial insistencia en los umbrales. Los enfermos aparecen como criaturas anfibias que respiran a la vez en el agua y en el aire, capaces de “recordar el porvenir”; los ancianos flotan en un limbo que se derrite; las máscaras mortuorias de una pinacoteca interrogan sin responder desde el filo mismo del ser. Una subasta de pescado en julio, una tarde de toros seguida del desolladero, la nieve que cae sobre la nieve o la lluvia convertida en salmodia de perdón sirven de escenarios concretos donde lo cotidiano se abre de pronto a una hondura sin alegoría: el misterio, dice uno de estos poemas, es la ausencia de misterio, la acepción literal con que ocurre el vivir.
Junto a esa vertiente meditativa corre otra de afirmación vital. Hay una ciencia de la alegría que no encuentra ningún elemento de la tabla periódica responsable de la felicidad y concluye que el único exorcismo exigible es el júbilo; hay un elogio de la desnudez y de lo elemental, del vaso de agua y la sábana tendida; hay una salvación cifrada en aprender a mirar con hondura, virtud que sólo otorgan los años. Los mendigos, los insomnes, los perros abandonados en septiembre y un vagabundo que ríe ante una enciclopedia de botánica sin láminas —la “Biblia del Vacío”— completan un repertorio de figuras marginales tratadas sin condescendencia, como centinelas que velan por la travesía de los demás.
El conjunto se cierra sobre sí mismo con dos piezas que funcionan como poética explícita: un corredor que asciende bajo la tormenta y experimenta un éxtasis en el que su pulso coincide con el pulso de la vida, y una reflexión sobre el alma que sólo adquiere forma, aroma y volumen cuando renuncia a su estado vaporoso y se encarna en la obra de arte. Escrito en un verso amplio, de sintaxis trabada y léxico que mezcla lo astronómico, lo litúrgico y lo doméstico, el libro propone una espiritualidad sin credo: la de quien no espera respuestas y decide, aun así, rendir homenaje a cada instante por su absoluta magia de estar siendo.
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