En Allen Rood, una aldea polvorienta a la sombra de un bosque y un lago turbio, dos vecinos mueren de forma atroz a manos de internos fugados de la clínica psiquiátrica del doctor Wanddors.
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En Allen Rood, una aldea polvorienta a la sombra de un bosque y un lago turbio, dos vecinos mueren de forma atroz a manos de internos fugados de la clínica psiquiátrica del doctor Wanddors. Convencido de que alguien les abre la puerta desde dentro, el médico llama a Bob Boone, un detective joven y presumido que aún no ha fracasado nunca. Lo que encuentra son dos hermanas viudas, una anfitriona seductora, un anciano recién llegado al pueblo y una fuga imposible.
El relato abre sin preámbulos y en el peor lugar posible: un hombre que solo quería escribir versos bajo su árbol favorito descubre una fosa abierta con un ataúd al fondo y oye a su espalda una voz que le anuncia que es para él. Poco después, otro vecino despierta desnudo y atado entre los troncos del bosque mientras un supuesto cirujano le explica, con la calma de quien se cree genial, que va a sustituirle el corazón por la cabeza de un gato. Dos muertes, dos delirios llevados hasta el final, y un pueblo que empieza a mirar con miedo el muro que se levanta en las afueras.
El doctor Wanddors, director del centro, no cita a su viejo amigo Bob Boone en su despacho sino en un parador de carretera, y esa precaución dice más que cualquier confesión: sospecha de su propia plantilla. Los fugados —un sepulturero, un cirujano enloquecido, ahora un pirómano y un carnicero— no pudieron salvar solos aquel muro. Alguien abre. Alguien elige. Y con ellos ha desaparecido también una muchacha que fingió un ataque de locura para huir de unos padres que se burlaban de su vocación de actriz, y que quizá interpretó demasiado bien su papel.
Boone investiga a su manera: preguntando en la fonda, sonsacando al viejo Tom junto al lago, midiendo la altura de un muro que ni él mismo sabría franquear. El azar —o algo que se le parece mucho— lo empuja antes a la casa aislada de Russ, viuda joven y espléndida del benefactor que donó el edificio de la clínica, donde alguien invisible se inyecta calmantes ante un espejo y donde una dirección coincide, letra por letra, con la que el médico acababa de anotarle en un papel. Mientras tanto, una vieja historia de humillación asoma bajo los crímenes: dos hermanas hermosas, un feriante despreciado que juró que la desgracia se cebaría en ellas y un incendio de circo del que nadie sabe con certeza si salió vivo.
Es novela negra de terror en estado puro, de capítulos breves, diálogo seco y crueldad muy física, que cruza el escalofrío del asesino demente con la mecánica clásica del enigma: no basta con saber quién mata, hay que averiguar quién les deja salir.
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