Un ensayo histórico sobre los pueblos de colonización levantados durante la dictadura franquista y sobre las decenas de miles de familias campesinas que los habitaron.
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Un ensayo histórico sobre los pueblos de colonización levantados durante la dictadura franquista y sobre las decenas de miles de familias campesinas que los habitaron. El libro distingue dos historias que suelen confundirse: la del mito propagandístico de un Caudillo filantrópico que redimía al campo español, y la de un proceso real de transformación agraria, mucho más limitado, desigual y subordinado a intereses económicos, del que los colonos fueron protagonistas por mérito propio. A partir de documentación de época —revistas oficiales, crónicas de prensa, actos de inauguración— y de la historiografía reciente, el autor reconstruye cómo se fabricó esa imagen y qué ocurrió realmente detrás de ella.
Hay pueblos en España que parecen fuera del tiempo: trazados regulares, iglesias de arquitectura audaz, plazas concebidas sobre plano. Son los llamados pueblos de colonización, casi trescientas localidades y barriadas construidas durante la dictadura para asentar a familias campesinas en tierras puestas en regadío. Este libro parte de una pregunta incómoda que asalta a quien los visita: ¿son el mejor legado de aquel régimen, como a veces se repite, o una obra cuyo relato oficial nunca coincidió con lo que allí sucedía?
La respuesta que propone el autor no es cómoda para nadie. En sus calles conviven nombres de poetas represaliados con placas conmemorativas de visitas del dictador; hay vecinos que defienden con firmeza la denominación heredada como seña de identidad y otros que recuerdan una infancia sin agua ni luz y no sienten deber nada a quien firmó su fundación. Esas contradicciones no son anomalías: son la forma que adopta la memoria cuando se recuerda en democracia, con pluralidad y discusión, en lugar de bajo un relato único impuesto desde arriba.
El primer tramo del libro desmonta el mito. Reconstruye, con las propias fuentes del régimen, cómo se fabricó la estampa del gobernante bondadoso que inauguraba pantanos y repartía títulos: los recibimientos ensayados como espontáneos, las cifras infladas, la confusión deliberada entre posesión y propiedad, las promesas de redención que tardaban años en concretarse en obra, la exaltación religiosa de una tarea presentada como misión moral. Se observa también el desfase entre lo que el organismo colonizador publicaba sobre sí mismo y el lugar secundario que el asunto ocupaba en las prioridades reales del Estado, volcadas en las grandes obras hidráulicas y en la industrialización.
A partir de ahí el foco se desplaza a lo que quedaba oculto tras la escenografía: la desposesión y la liquidación de la reforma agraria anterior; el andamiaje ideológico que justificaba el proyecto; el modelo económico que, antes que a nadie, favorecía a los grandes propietarios; y, sobre todo, las vidas de quienes fueron seleccionados como colonos y de las comunidades que ellos mismos fueron construyendo. Las mujeres ocupan aquí un lugar central, tal como lo reconocen los monumentos que los propios vecinos erigieron décadas después, ya en democracia, para conmemorar sus orígenes.
El resultado es a la vez una historia rural y un alegato contra la banalización del pasado. El autor sostiene que la prosperidad de las últimas décadas ha vuelto borroso el recuerdo de lo que realmente fue aquel periodo, alimentando tanto una nostalgia de un orden que nunca existió como el desprecio hacia los logros de la democracia posterior. Frente a ambos reduccionismos, este recorrido por un episodio en apariencia menor demuestra que el orgullo legítimo de unos pueblos por lo que consiguieron con su trabajo no necesita —ni debe— confundirse con la gratitud hacia el régimen que los proyectó.
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