Camden Daniels vuelve a Alba, un pueblo minero de Colorado congelado en el tiempo, seis años después de jurar que no regresaría jamás. Lo espera un padre al que el alzhéimer le está borrando el nombre de sus hijos, un hermano que lo…
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Camden Daniels vuelve a Alba, un pueblo minero de Colorado congelado en el tiempo, seis años después de jurar que no regresaría jamás. Lo espera un padre al que el alzhéimer le está borrando el nombre de sus hijos, un hermano que lo perdona con una facilidad insoportable y la mujer que amó al hermano que no volvió de la guerra. La primera tarde en casa termina con una escopeta cargada apuntando al pecho de Willow Bradley y con Camden interponiéndose entre ambos.
A poco más de tres mil metros de altitud, Camden Daniels descubre que el aire de su pueblo natal sigue costándole lo mismo que hace seis años. Alba, Colorado, 649 habitantes según un cartel que nadie ha actualizado desde antes de que él naciera, es un pueblo fantasma bien conservado que vive de los turistas del verano y de una memoria colectiva demasiado larga: el dueño de la gasolinera todavía recuerda la noche en que Camden lanzó a alguien a través de su escaparate, y al menos tres de los cinco agentes del cuerpo de policía local lo han esposado alguna vez.
Vuelve porque su hermano Xander lo llamó y, después de seis años de silencio, esta vez descolgó. Arthur Daniels tiene alzhéimer, se escapa de casa varias veces al mes y su cuidadora ya no da abasto. La alternativa es una residencia en otro pueblo, lo que rompería la única promesa que el viejo ha pedido que se le cumpla: morir en la misma casa donde murió su mujer. Camden ha dejado el ejército, ha vendido casi todo lo que poseía y ha conducido tres mil doscientos kilómetros desde Carolina del Norte con las cajas de su vida entera en el asiento trasero.
No llega a deshacer el equipaje. Su padre ha desaparecido de nuevo, esta vez con la escopeta que Xander creía guardada bajo llave, y Camden es el único que sabe adónde va Arthur cuando echa de menos a su esposa sin admitir que la echa de menos. En el claro donde hace quince años un puma atacó a su madre, encuentra a su padre apuntando a Willow Bradley: la vecina que de niña seguía a los tres hermanos Daniels a todas partes, la adolescente que se quedó en el pueblo cuando los tres se fueron a la guerra, la mujer que se derrumbó cuando solo dos volvieron.
El rescate ocupa apenas unos minutos y remueve una década. Willow era de Sullivan, el hermano enterrado en la ladera de la propiedad familiar, y Camden lo sabe con una claridad que no le deja margen. Xander, el hijo bueno, el que siempre hizo bien las cosas, lo recibe con un abrazo y una cicatriz en la ceja que Camden le dejó en aquella pelea. En la guantera del Jeep viaja un pequeño alfil de ónix blanco que su dueño se detiene a recolocar para que no se pierda, sin explicarle a nadie por qué.
Contada a dos voces —la de Camden, entrenado para calcular ángulos de tiro antes que sentimientos, y la de Willow, que reconoce a un hombre por su olor a menta y pino antes de verle la cara—, esta es una historia sobre volver al único lugar del que uno consigue huir del todo. Sobre una familia que se hereda como se hereda un camino sin mantenimiento: erosionado, lleno de zanjas y, aun así, indiscutiblemente propio. Y sobre la culpa de sobrevivir cuando el que no volvió era, sin discusión, el mejor de los tres.
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