En el Bagdad exhausto de finales de los ochenta, Walid, un estudiante de literatura árabe que milita en secreto en el Partido Comunista, ve cómo la detención de su amigo de infancia Rachid convierte su compromiso clandestino en una amenaza…
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En el Bagdad exhausto de finales de los ochenta, Walid, un estudiante de literatura árabe que milita en secreto en el Partido Comunista, ve cómo la detención de su amigo de infancia Rachid convierte su compromiso clandestino en una amenaza inmediata sobre él y sobre su familia. Entre un café de la calle al-Mutanabbi, una reunión de célula que puede ser la última y una celda de Abu Ghraib, la novela sigue a dos jóvenes que descubren, cada uno por su lado, cuánto pesa una idea cuando hay que sostenerla con el cuerpo.
La avenida al-Rashid bulle como cada tarde: bocinas, vendedores ambulantes, camareros con bandejas en alto, mendigos esperando limosna. Walid deja caer una moneda en la mano de uno de ellos y recoge, a cambio, un papel doblado con una cita para esa misma noche. El gesto, mínimo y perfectamente ensayado, basta para situarnos: estamos en un país donde la vida cotidiana funciona como tapadera de otra vida, subterránea y peligrosa.
Corre el final de los años ochenta. Terminada la guerra con Irán, Irak devuelve a casa a cientos de miles de soldados sin trabajo ni pensión, el dinero del petróleo se agota en la maquinaria militar y el régimen responde a las revueltas endureciendo la mano hasta alcanzar a su propio círculo. En ese clima, Walid estudia literatura árabe, escucha con paciencia las nostalgias del dueño marroquí del café Tanjah y repite, ante quien pregunte, que la política no le interesa. Es mentira. Milita en una célula del Partido Comunista, y hace tres días detuvieron a Rachid, su camarada y amigo desde la escuela.
La novela avanza alternando dos espacios que se llaman el uno al otro. Fuera, la reunión de urgencia en casa de Abderrahmán, único miembro de la célula que vive solo: sirio, técnico petrolero, baazista ejemplar de puertas afuera, veterano de una cárcel en su propio país. Antes de que lleguen los demás, decide contarle a Walid lo que nunca ha contado a nadie —lo que le hicieron, lo que vio, lo que hizo una madrugada por un compañero que ya no podía más— no para asustarlo, sino para entregarle algo a lo que agarrarse si le llega el turno. Dentro, en una celda compartida de Abu Ghraib bajo una bombilla que nunca se apaga, Rachid atraviesa el primer interrogatorio y descubre que ninguna preparación sirve del todo, y que el consuelo puede caber en el brazo que un desconocido le pasa por el hombro.
Alrededor de ambos, la obra dibuja el círculo de los que no eligieron nada y también pagan: la madre que llora encerrada en su habitación, el padre que confiesa un orgullo que enseguida pide olvidar, la familia de Walid discutiendo en torno a una mesa qué significa respetar la decisión de un hijo cuando esa decisión puede arrastrar a todos.
Escrita con prosa sobria y atenta al detalle físico —el olor de la manta raída, el humo del café, la mano sudorosa del verdugo—, es una historia sobre la amistad, el miedo y el precio exacto de la dignidad. No idealiza a sus militantes ni les concede la comodidad del heroísmo: se pregunta, sin dar respuesta fácil, qué queda de una convicción cuando el cuerpo ya no la sostiene, y por qué, aun sabiéndolo, siempre hay alguien que sigue adelante.
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