Un pintor solitario termina un lienzo que nadie posó: una joven de cabellos negros y ojos insondables a la que bautiza Geraldine. Desde entonces vive en zozobra, convencido de que la figura lo observa, lo desea y lo odia.
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Un pintor solitario termina un lienzo que nadie posó: una joven de cabellos negros y ojos insondables a la que bautiza Geraldine. Desde entonces vive en zozobra, convencido de que la figura lo observa, lo desea y lo odia. Cuando una noche descubre que del cuadro solo queda un vacío con la silueta recortada, escribe a un viejo amigo detective. Antes de que la investigación empiece, alguien muere en el cementerio con la garganta destrozada.
Raymond Leans pintó el mejor cuadro de su vida en un arrebato que no supo detener, sin modelo ni boceto, como si la muchacha estuviera clavada en su mente y exigiera salir. La llamó Geraldine sin saber por qué: ningún otro nombre le encajaba. Desde entonces el triunfo que creía al alcance de la mano convive con una angustia que le roba el aire. Le parece que esos ojos oscuros cambian de expresión, que una noche le proponen algo indecente y a la mañana siguiente lo miran con un odio frenético. Oye pisadas en un corredor donde vive solo. Sueña que ella se cuelga una piedra al cuello y se arroja al río.
Sus vecinos —la autoritaria señora Hilggar y Marianne, su joven señorita de compañía; Susan Dowr, prometida del doctor Morley; y Basil Nolan, a quien el pueblo tiene por chiflado— coinciden en que el lienzo es una obra maestra. Solo Marianne pone en palabras lo que el pintor teme: la sensación de que está viva. Una noche cualquiera, Raymond sube a la buhardilla, enciende la luz y encuentra el cuadro vacío, con la silueta recortada donde estaba Geraldine. Aterrado, escribe a Alec Cuff, detective privado y viejo amigo, para pedirle que venga antes de que sea tarde.
Alec llega a Biddington entre la niebla, esquiva por poco a la hija del sepulturero junto a la verja del cementerio y comprueba que su visita no es secreto para nadie. Su primer diagnóstico es prosaico: su amigo necesita un médico, y el resto tendrá gato encerrado. Pero esa misma noche unos gritos rasgan la niebla. La muchacha del cementerio aparece degollada por decenas de heridas idénticas y simétricas, obra de unos guantes de hierro erizados de púas. Will, el sepulturero —que jura haber oído una voz de mujer salir de un nicho anunciando que ha escapado de su prisión de lienzo—, promete venganza señalando las cuatro casas de la carretera.
Entre un pintor que perdió la memoria tras un accidente, un vecino que colecciona armas de verdugo y un médico que prospera demasiado rápido, Alec Cuff deberá decidir si persigue a un fantasma salido de un cuadro o a alguien de carne y hueso que ha sabido esconderse detrás de él.
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