Recluido y obligado a escribir, José Manuel reconstruye el día en que el miedo se instaló en su casa de Oviedo. Su hija Beti, recién cumplidos los quince, empieza a esquivarle con una mezcla de candor y desafío, y en su rostro él cree…
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Recluido y obligado a escribir, José Manuel reconstruye el día en que el miedo se instaló en su casa de Oviedo. Su hija Beti, recién cumplidos los quince, empieza a esquivarle con una mezcla de candor y desafío, y en su rostro él cree reconocer el de una tía muerta a la que solo conoció por una vieja fotografía. Una novela sobre el horror que se vuelve rutina, la violencia escondida en las palabras banales y los orígenes que nadie elige.
Todo parecía en orden en la casa de un constructor de Oviedo: una mujer que habla de zapatos y de frigoríficos, dos niñas pequeñas jugando en la alfombra, una hija mayor que nunca dio disgustos. Pero un mediodía cualquiera, con el sol entrando a raudales por el ventanal, José Manuel descubre que el espanto no necesita tinieblas: puede ser luminoso, rutinario y educado, y filtrarse en una discusión banal sobre tacones sin que nadie levante la voz.
El libro es la confesión escrita de ese hombre desde el encierro en que ha terminado. Intenta fijar el comienzo de lo ocurrido y cada intento lo desplaza más atrás. ¿Empezó cuando Beti dejó de mirarle a los ojos en presencia de su madre? ¿Cuando la encontró de pie sobre una mesita de mármol, con Lidia arrodillada prendiendo alfileres en una falda, y la tela resbaló? ¿O mucho antes, cuando una niña de nueve años sentada en sus rodillas anunció que no se casaría, tampoco con él, y creó con esa respuesta una pregunta que nadie había formulado?
Al buscar el origen, el narrador tropieza con una fotografía que su madre le entregó llorando la tarde en que bajaron tres muertos al pueblo: el retrato de una tía llamada Betsabé, de cuya existencia jamás había oído hablar. Desde ahí se abre un segundo plano, el de la aldea asturiana de Ambasaguas, con sus cunetas de fusilados sin lápida y la estirpe de los García: Baltasar, el niño de origen incierto llegado en brazos de una mujer que no hablaba; la casa del molino tragada por un bosque de helechos; y el sobre lacrado que años después llega desde América con dinero, instrucciones minuciosas y un funeral sin cadáver que el pueblo negocia y traiciona.
Entre ambos planos se sostiene la apuesta del relato: que el pasado no antecede al presente sino que lo acecha, que sueño y memoria ocupan el mismo territorio, y que del orden impuesto a los hechos depende su sentido. Con una prosa reflexiva y de precisión inquietante, es una novela sobre el deseo que se confunde con el terror, sobre la violencia alojada en los intersticios de la voz doméstica y sobre un privilegio negado a casi todos: nacer libre de una memoria anterior.
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