Una noche de San Juan en la finca de un conde sueco, la hija del señor cruza la frontera que la separa de la cocina y de Jean, el criado que sueña con dejar de servir.
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Una noche de San Juan en la finca de un conde sueco, la hija del señor cruza la frontera que la separa de la cocina y de Jean, el criado que sueña con dejar de servir. Lo que empieza como un juego de fiesta se convierte en un pulso de deseo, clase y voluntad que ninguno de los dos sabe detener. Esta edición reúne la tragedia de August Strindberg con su célebre prólogo-manifiesto, una nota biográfica del autor y la historia del accidentado camino del texto hasta la imprenta.
En la cocina de una casa señorial sueca, mientras fuera arde la fiesta del solsticio y los criados bailan, la señorita Julie baja de sus habitaciones y se mezcla con la servidumbre. La acompañan una educación contradictoria —le enseñaron a montar, a cazar y a mandar como si fuera un hombre— y un compromiso roto que la ha dejado sin lugar claro en el mundo. Frente a ella está Jean, el lacayo del conde: viajado, ambicioso, con maneras aprendidas y un plan que no incluye seguir sirviendo. Entre ambos, Kristin, la cocinera, encarna el orden que ninguno de los dos quiere y del que ninguno logra escapar.
La obra transcurre en tiempo casi continuo y en un solo espacio, y su motor no es la intriga sino el desplazamiento del poder. Julie invita, provoca, ordena; Jean obedece y calcula. En cuanto la noche los iguala, la relación se invierte: el criado descubre que el deseo puede ser una escalera, y la señorita, que el privilegio no la protege cuando ha renunciado a él. Strindberg convierte esa oscilación en un duelo verbal de una crueldad muy medida, donde cada frase cortés esconde una posición defendida o perdida. El sueño recurrente que cuenta Jean —trepar un tronco liso hacia una copa de luz que nunca alcanza— y el pájaro enjaulado de Julie funcionan como los dos polos de la pieza: quien no puede subir y quien no puede volar.
El retrato social es igualmente preciso. La casa del conde, aunque él no aparezca en escena, gobierna cada gesto: unas botas, un timbre, unos guantes sobre una silla bastan para devolver a Jean a su sitio. Esa presencia ausente explica por qué la fuga prometida a un hotel propio, a un título comprado, a otra vida, se deshace en cuanto amanece. La noche de los juegos supuestamente inocentes termina con la mañana, el trabajo y una resolución que la obra prepara sin subrayarla y que sigue discutiéndose más de un siglo después.
El volumen incluye el prólogo con el que Strindberg reclamó para su texto el título de primera tragedia naturalista del teatro sueco: una declaración de método sobre personajes hechos de motivos múltiples, herencia y circunstancia, sobre la escena sin artificios y sobre un espectador al que se le pide pensar. A ese aparato lo acompañan una nota biográfica que recorre la infancia del hijo de una sirvienta, los años de exilio europeo, la crisis de París y el regreso final a Estocolmo; una reconstrucción de la historia textual —el rechazo de un editor que después se consideró un error histórico, las correcciones de otro, las cartas furiosas del autor y las versiones divergentes que de ahí nacieron—; un ensayo interpretativo sobre identidad, ansia de poder y huella autobiográfica; y un repaso de la vida escénica de la obra, del estreno danés de 1889 a sus grandes montajes y traducciones en España.
El resultado es una lectura doble: la de un texto breve, tenso y todavía incómodo, y la del taller donde se fabricó, con sus disputas de imprenta, sus manifiestos y sus deudas personales. Para quien se acerca por primera vez a Strindberg, ofrece la puerta más frecuentada de su teatro; para quien ya lo conoce, la ocasión de leer la tragedia contra los documentos que la rodearon.
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