En un hotel de los Dolomitas, una joven de diecinueve años abandona la pista de tenis con la vaga inquietud de una carta urgente que aún no ha llegado.
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En un hotel de los Dolomitas, una joven de diecinueve años abandona la pista de tenis con la vaga inquietud de una carta urgente que aún no ha llegado. Cuando por fin la abre, el ocio veraniego se desfonda: su madre le pide que consiga treinta mil florines de un conocido de la familia para evitar que su padre, abogado y jugador, sea detenido por malversación. Todo el relato transcurre dentro de la cabeza de Else durante las pocas horas que median entre esa lectura y la cena, en un monólogo interior donde la cortesía de salón y el pánico privado se hablan sin oírse.
San Martino, tres de septiembre. Else se retira de un partido de tenis con su primo Paul y la señora Cissy Mohr, sale de escena con una frase medida y comprueba, de camino al hotel, que sabe mirarse desde fuera: calcula su gesto, su sonrisa, el efecto de su sweater rojo. Es la invitada pobre de una tía rica, y ese lugar ambiguo —elegante de puertas afuera, precario de puertas adentro— organiza cada uno de sus pensamientos. Mientras cruza el vestíbulo saluda a la señora Winawer, al señor von Dorsday, a la hijita de Cissy y a su institutriz; entre saludo y saludo va y viene por su vida entera: los veranos en el Wörthersee, las cartas amables de Fred, la marchesa que baja la escalera, el matrimonio que quizá la espera y los amantes que imagina para desafiarse a sí misma.
La carta de su madre, anunciada por telegrama, la alcanza en el alféizar de la habitación setenta y siete. Escrita en un estilo que Else juzga insoportable, rodea el asunto con circunloquios antes de nombrarlo: el padre ha vuelto a caer, esta vez sobre el patrimonio de un menor; el fiscal ya ha avisado; el plazo vence en tres días. La familia ha agotado a los tíos, a los colegas, a los antiguos mejores amigos. Queda Dorsday, marchante de arte, compañero de whist del padre, que se aloja en el mismo hotel y que ya socorrió una vez con ocho mil. A la hija le corresponde pedírselo en persona, porque hablar con alguien —insiste la madre— no es lo mismo que telegrafiar.
A partir de ahí el libro no avanza por acontecimientos sino por oleadas de conciencia. Else calcula el vestido negro y el escote como quien prepara un instrumento; ensaya la frase de apertura, la repite, la corrige, la abandona. Se indigna con su padre y lo defiende en el mismo aliento; desprecia a Dorsday y le sonríe con coquetería sin decidir del todo por qué; se pregunta cuánto vale una hija que se vende para evitar un presidio y contesta con sarcasmo antes de que la pregunta termine de formularse. El paisaje colabora sin piedad: el Cimone que amenaza con caérsele encima, un alpenglühen que se apaga, un aire que todo el hotel compara con champaña mientras ella cuenta las tres semanas que lleva fuera y las horas que faltan para la cena.
El encuentro llega casi por accidente, a la puerta del hotel, y se disuelve en una charla sobre altitudes, bosques y el proceso Erbesheimer. Ese desajuste —lo que se dice frente a lo que se piensa— es el verdadero motor de la obra: cada frase cortés queda subrayada por un comentario mudo que la desmiente, y el lector ocupa el único lugar desde el cual ambas capas son visibles a la vez. Nadie en el vestíbulo sospecha nada; Else se sabe sola de un modo que, según ella misma, nadie podría imaginar.
Lo que queda es el retrato de una muchacha inteligente, vanidosa, lúcida y sin recursos, obligada a descubrir que su educación —piano, francés, inglés, historia del arte— no le sirve para lo único que ahora se le exige, y que el favor que le piden pedir no tiene un precio explícito pero sí lo tiene. La tensión no está en si conseguirá el dinero, sino en cuánto de sí misma tendrá que poner sobre la mesa para averiguarlo, y en el vértigo con que ella ya lo intuye mientras se echa el chal blanco sobre los hombros y baja la escalera vacía.
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