Un asesino en serie aterroriza un pequeño pueblo inglés donde cada joven que rechaza una propuesta de matrimonio aparece muerta, y un detective llega para hallar las pruebas que la policía no encuentra.
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Un asesino en serie aterroriza un pequeño pueblo inglés donde cada joven que rechaza una propuesta de matrimonio aparece muerta, y un detective llega para hallar las pruebas que la policía no encuentra.
En Macksontton, una localidad brumosa y sin mayores atractivos, tres muchachas mueren en el intervalo de pocos meses. La primera aparece enterrada hasta el cuello junto al riachuelo, descubierta por un chico que iba a pescar. La segunda cuelga de la rama de un árbol, encontrada por un cazador entrado en años. La tercera es hallada atada a un tronco por una maestra que guiaba una excursión escolar. Las tres murieron de formas distintas, pero comparten un mismo detalle: poco antes, todas habían rechazado la propuesta de matrimonio de Eggar Sanders.
La novela no oculta al culpable. Desde el segundo capítulo el lector conoce a Sanders: un hombre que perdió la mano izquierda a los catorce años en la serrería de su padre y que, desde entonces, arrastra un rencor que ninguna prótesis de aluminio bajo un guante oscuro logra disimular. Su madre, una mujer menuda y encogida, sospecha lo que no se atreve a nombrar. El pueblo entero calla. Y él encuentra en cada negativa la justificación de una venganza que ejecuta con una minuciosidad creciente, hasta el episodio más brutal del libro: el asesinato de Vivien Malloy ante los ojos de su padre paralítico, un hombre que solo puede mirar desde su sillón de ruedas, incapaz de mover un músculo, hablar o denunciar lo que ha presenciado.
Ese testigo mudo es el hallazgo narrativo de la obra. Paul Malloy lo sabe todo y no puede decir nada; sus ojos negros concentran una acusación que ninguna autoridad puede leer. Sobre esa impunidad se construye la segunda mitad del planteamiento, cuando Maureen Davis —amiga de la última víctima y consciente de que Sanders ha empezado a mirarla de una manera nueva— contrata a una agencia y recibe a Jimmy Young, un detective de físico atlético y flirteo constante que reconoce el terreno, pregunta por los vecinos ajenos al caso y repite lo único que importa: la certeza no basta, hacen falta pruebas.
La tensión de la obra no está en la identidad del asesino, sino en la distancia entre lo que se sabe y lo que puede demostrarse. Escrita en el registro directo del terror popular de quiosco, alterna capítulos fechados con escenas de violencia explícita y diálogos ligeros, y sitúa su amenaza en una comunidad pequeña donde las casas apartadas, los descampados y la niebla que cala hasta los huesos trabajan a favor del criminal. El lector avanza sabiendo quién es el peligro y viendo cómo se acerca a la única mujer que ha decidido no esperar sentada.