Un magnate que sobrevive con un fragmento de metralla junto al corazón sueña que un cirujano lo asesina en la mesa de operaciones. Al despertar, un pretendiente de su sobrina se presenta en su casa con el mismo nombre y la misma…
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Un magnate que sobrevive con un fragmento de metralla junto al corazón sueña que un cirujano lo asesina en la mesa de operaciones. Al despertar, un pretendiente de su sobrina se presenta en su casa con el mismo nombre y la misma especialidad que el verdugo del sueño.
Frank Harold ha construido una vida acomodada sobre una herencia y una certeza que prefiere no recordar: desde hace treinta años, una esquirla de metralla descansa junto a su arteria coronaria, y basta un desplazamiento mínimo para matarlo. En el caserón de su infancia, a las afueras del pueblo de Higgurs, donde nada ha cambiado y todo lo reconcilia consigo mismo, esa amenaza dormida despierta de golpe en forma de pesadilla: se ve tendido en un quirófano, inmovilizado, con la mascarilla retirada a propósito para que permanezca consciente mientras un cirujano de voz helada lo abre y lo destruye por venganza amorosa. El grito con que despierta es lo único que rompe el hechizo, pero no lo disuelve.
El relato convierte esa escena onírica en un mecanismo de precisión cuando la realidad empieza a repetirla. Aquella misma tarde, la sobrina a la que Frank quiere como a una hija llega acompañada de un admirador insistente, nervioso y de facciones angulosas, que pide su mano y, ante la negativa, amenaza abiertamente con matarlo. Al despedirse pronuncia su nombre y su oficio, y ambos coinciden punto por punto con los del verdugo soñado: el mismo hombre que, si la metralla se mueve, sería el único capaz de salvarlo. La pesadilla deja así de ser un episodio nocturno y se instala como una trampa lógica sin salida.
A partir de ahí, la trama se ensancha con una segunda línea que introduce ligereza y astucia. Stefanie acude a un consultorio psiquiátrico buscando ayuda para su tío y termina exponiendo el caso a un desconocido que se hace pasar por el doctor: en realidad es su hermano, un detective acomodado, seguro de sí mismo y aficionado a resolver enigmas por puro entretenimiento. La suplantación se descubre, la indignación se disuelve en una invitación a cenar, y la investigación arranca en el trayecto hacia el caserón, entre coqueteos y advertencias sobre lo que está realmente en juego.
Bajo la superficie de amenaza y coincidencia late un entramado de intereses muy terrenales. Hay una última voluntad que condiciona cien mil libras a una boda entre primos que no se aman, un compromiso sostenido por conveniencia, una prometida joven que eligió el matrimonio como carrera después de renunciar a los escenarios, y un patrimonio que vuelve sospechoso a cualquiera que ronde la casa. El narrador expone esos cálculos sin juzgarlos, de modo que cada personaje conserva un motivo plausible y el lector sospecha de todos.
El resultado es un thriller de suspense clásico construido sobre una premisa elegante: el miedo como profecía y la medicina como arma potencial. La escritura alterna la crudeza fisiológica de la pesadilla con diálogos rápidos y una ironía ligera, y sostiene la tensión en el margen estrecho que separa la casualidad del plan deliberado. Mientras la noche cae sobre el bosque que rodea el caserón, la pregunta no es solo si el sueño de Frank Harold se cumplirá, sino quién lo está empujando a cumplirse.