Un ventrílocuo de éxito empieza a sospechar que su muñeco no es un objeto inerte, y regresa a la mansión de sus suegros justo cuando alrededor de él comienzan a aparecer cadáveres con el pecho abierto.
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Un ventrílocuo de éxito empieza a sospechar que su muñeco no es un objeto inerte, y regresa a la mansión de sus suegros justo cuando alrededor de él comienzan a aparecer cadáveres con el pecho abierto.
Lionel Waggett cierra su número con una ovación: el diálogo entre él y Nelson, su muñeco de smoking rojo, ha sonado tan vivo que el público jura haber visto odio verdadero en esos ojos redondos y saltones. En el camerino, sin embargo, el aplauso se apaga y queda una certeza incómoda: Lionel ya no manda del todo en la función. Cuando quiere que Nelson diga una cosa, el muñeco dice otra. Rechaza la ampliación del contrato, alega descanso y toma la carretera hacia Atssong, donde viven sus suegros, en busca del alivio de los afectos conocidos. Nelson no viaja en su estuche: viaja sentado a su lado.
Una niebla cerrada lo obliga a detenerse en una posada. Allí, un parroquiano comenta que el niño del coche parecía moverse; después, un borracho cuenta que un chiquillo vestido de rojo acaba de anunciarle su muerte. Minutos más tarde, un grito rompe la niebla y el hombre aparece en un charco de sangre, el pecho abierto y el corazón a la vista. De vuelta al volante, Lionel encuentra a Nelson en otra postura, con la mano en el bolsillo y un cuchillo ensangrentado entre los dedos.
En la mansión de los Basslencey, junto al bosque, lo esperan un suegro afectuoso, una suegra ausente desde hace años, una cuñada que lo quiere en silencio, una invitada llamativa y su hermana Annabell, la única a quien se atreve a confesarse. Ella no le cree: un muñeco no tiene huesos, ni carne, ni sangre. Pero se alarma lo bastante como para buscar ayuda, y contrata al doctor Frank Cobb, un psiquiatra que aceptará entrar en la casa disfrazado de amigo para observar a Lionel sin que él lo advierta. Para entender el presente, Cobb pide el pasado, y el pasado de Lionel es una herida abierta: un matrimonio con la hija de un hombre riquísimo, la advertencia sobre una demencia hereditaria que él decidió aceptar por amor, un hijo que crecía torturando animales, una esposa cada vez más perdida en su propia mente, y una ambulancia que se despeñó por un acantilado y de la que solo él salió con vida. Luego vinieron los muñecos que fracasaron uno tras otro, hasta que un fabricante desconocido le ofreció a Nelson —“lo he fabricado pensando en usted”— y con él llegó el éxito.
La duda deja de ser íntima cuando la vieja sirvienta Florinda, movida por la curiosidad, abre el estuche del armario y no lo cierra del todo. Esa noche, en el dormitorio a oscuras, la puerta del armario se abre sola.
Relato de terror construido con paciencia y con una idea antigua que sigue funcionando: la del objeto que imita lo humano hasta que deja de imitarlo. Su fuerza está en la ambigüedad sostenida —cada indicio admite todavía una explicación racional— y en el modo en que la locura, el duelo y la culpa se enredan hasta que el lector ya no sabe si Nelson camina de verdad o si Lionel es el único cuchillo de la casa. La mansión aislada, el bosque sin caza, la niebla y el psiquiatra que llega demasiado tarde componen un escenario clásico donde cada víctima aparece marcada con la misma firma imposible.