En Mandristton, un pueblo costero cercado por la niebla y atravesado por una vía de tren, Amanda arrastra desde niña la memoria de un crimen familiar y el recuerdo de la casa donde su primer marido guardaba decenas de serpientes…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En Mandristton, un pueblo costero cercado por la niebla y atravesado por una vía de tren, Amanda arrastra desde niña la memoria de un crimen familiar y el recuerdo de la casa donde su primer marido guardaba decenas de serpientes amaestradas. Cuando ese hombre, recluido durante años en un psiquiátrico, se fuga y empieza a matar creyendo reconocerla en cualquier mujer de pelo negro, su antigua maestra contrata a un detective de ciudad para protegerla. Una novela breve de terror que combina la crónica de un pasado atroz con la tensión de una amenaza que ya está suelta en el pueblo.
Mandristton es poco más que un nombre en el mapa: unas cuantas casas, humedad constante, niebla frecuente y una vía férrea que corre a pocos metros de la playa, tan cerca que el rumor de las olas acompaña el paso de los trenes. Allí crece Amanda, una muchacha de cabello muy negro y ojos verdes cuya belleza contrasta con la miseria que la rodea. Siendo niña presencia desde la puerta del pajar cómo su padre, devorado por los celos, asesina a su madre y al amante de esta con una brutalidad que la deja marcada para siempre. El padre muere poco después en un hospital, declarado demente, y Amanda queda al cuidado de un tío mendigo y alcohólico, en una barraca sucia junto a un arroyo donde aprende a consolarse mirando su propio reflejo.
La única mano tendida llega de Ursula, la joven maestra del pueblo, que la alfabetiza sin cobrarle nada y la convierte, según sus propias palabras, en toda una señorita. Con esa oportunidad, Amanda empieza a mirar hacia arriba: los hombres solteros y acomodados de la comarca aparecen en su imaginación como una vía de escape, aunque ella misma se juzgue demasiado pobre para aspirar a tanto. El matrimonio que finalmente acepta es el de Bob Rogers, un hombre recio y de aspecto tosco que no es rico pero sí un buen partido para alguien como ella. La noche de bodas revela el precio: la casa está poblada de serpientes de todas las especies y tamaños, repartidas por sillones, alfombras y camas, que Bob presenta orgullosamente por su nombre como si fueran amigas obedientes. La convivencia se transforma en un cautiverio de meses, vigilado por reptiles apostados en las puertas.
Amanda logra huir por una ventana y encuentra refugio en Raymond Harwes, un joven propietario que la amaba en silencio y que le ofrece divorcio, chalet y una vida nueva. Bob Rogers reaparece armado, falla los disparos y termina hundiéndose en una risa de la que solo lo saca la camisa de fuerza: es internado en un centro psiquiátrico con las facultades mentales gravemente dañadas. Tres años después se fuga, y esa noticia en la radio devuelve a Amanda al mismo estado de parálisis con el que vivió su infancia.
Es Ursula, no la propia amenazada, quien viaja a la ciudad para contratar a Oscar Farrell, detective cotizado que planeaba tomarse unas vacaciones y que acaba escuchando el relato completo antes de aceptar. Su regreso al pueblo coincide con la primera víctima: el fugado ya no distingue entre mujeres, ataca a cualquiera que se parezca al recuerdo fijo que persigue, y descarta a la maestra solo porque es rubia. Farrell llega a un Mandristton donde la policía recoge restos junto a las vías y donde cada personaje —el tío borracho que reclama dinero, el marido que se niega a admitir miedo, la maestra que ahora también necesita protección— tiene algo que aportar al retrato del caso.
El relato avanza sobre dos motores que se alimentan mutuamente: la reconstrucción del pasado de Amanda, contada con la crudeza sin adornos del terror popular, y la investigación presente de un detective que insiste en conocer a fondo a todos los implicados antes de decidir a quién vigila. La casa de las serpientes, la niebla, el mar y el tren funcionan como un decorado cerrado del que nadie parece capaz de salir, mientras la pregunta que sostiene la tensión no es dónde está el fugado, sino a quién confundirá con Amanda la próxima vez.