En un reino donde los dioses reparten dones como escudo frente a criaturas más antiguas y poderosas que los hombres, una profecía empuja a una noble a cometer el crimen que cree necesario para salvar a todos.
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En un reino donde los dioses reparten dones como escudo frente a criaturas más antiguas y poderosas que los hombres, una profecía empuja a una noble a cometer el crimen que cree necesario para salvar a todos. Años después y muy lejos de los palacios, una joven criada entre la miseria del puerto sobrevive a la noche que debía matarla gracias a una fuerza que ni ella misma comprende. Esta novela de fantasía oscura entrelaza ambas historias en una trama de presagios, traiciones y poderes robados.
Todo empieza con un trato hecho a media voz, bajo una farola agonizante y entre la niebla de un callejón de la capital. Una mujer encapuchada compra un veneno capaz de matar a un dragón y confiesa para qué lo quiere: para impedir que nazca una criatura anunciada por un oráculo. Está convencida de que ese nacimiento desatará la ira de los dioses y arrasará el reino, y de que nadie más está dispuesto a evitarlo. La escena deja claras las reglas del mundo desde la primera página: aquí la fe, la política y el poder militar comparten mesa, y quien se decide a salvar a todos suele empezar por convertirse en traidor.
Del esplendor helado de la corte, el relato salta a otra clase de invierno. En Grihan, ciudad portuaria de fábricas, humo y adoquines resbaladizos, una muchacha de dieciséis años roba libros porque las historias son lo único que le queda intacto. Vive encerrada en un burdel donde las noches se sortean con palitos y donde el turno perdido puede costar mucho más que el orgullo. La narración no adorna esa realidad ni se recrea en ella: la muestra con crudeza contenida y desde la voz de quien la padece, atenta a la lealtad feroz que une a las jóvenes que comparten habitación, miedo y estrategias de supervivencia.
Una noche, un cliente demasiado rico y demasiado seguro de sí mismo decide que las reglas del juego no le afectan. Lo que ocurre después—una galería de arte, tres tapices antiguos y el mito de un mortal que quiso arrancarle la inmortalidad a una diosa—se convierte en el punto de fractura de la protagonista: entre el terror y el filo, algo dormido en su sangre despierta y estalla.
Ocho años más tarde, la superviviente tiene otro nombre, otra casa y una familia elegida. El orfanato de Lady Morgana la acogió y la reconstruyó a medias: allí crecieron junto a ella hermanos adoptivos con dones muy distintos—quien sana cuerpos, quien sana corazones, quien conversa con los muertos que aún no saben que lo están—y juntos aceptan encargos cuando alguien los reclama. Ella se define, con humor amargo, como la enciclopedia del grupo: la única sin don aparente, la que carga con pesadillas puntuales, cicatrices y un secreto que no se ha atrevido a contarle a nadie, ni siquiera a quienes le salvaron la vida.
Esa calma provisional dura poco. En una carrera de madrugada por los callejones que rodean su hogar, una mano la arrastra hacia las sombras y el pasado que creía enterrado vuelve con forma de daga contra la garganta. Al fondo, los hilos que el prólogo tendió—el oráculo, la niña que no debía nacer, los dragones que se mueven en las fronteras, una diosa despojada de lo que le pertenecía—siguen tensándose hacia el mismo punto.
Con una prosa directa y sensorial, alternando la voz en primera persona de la protagonista con estampas de corte y fragmentos de tratados apócrifos que van dibujando el mapa del mundo, la obra construye una fantasía de trasfondo mitológico y tono adulto. Sus temas: la culpa heredada, el precio de las profecías, la diferencia entre el poder que se recibe y el que se arrebata, y la posibilidad de que una persona a la que todos consideraron prescindible sea justamente la pieza que decide el destino del reino.
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