Madrid, últimas décadas del siglo XIX. Elena Sanz, huérfana educada en el colegio de las Niñas de Leganés y bautizada por el público con ese mismo apodo, tiene una voz de contralto capaz de abrirle las puertas que su apellido sin fortuna…
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Madrid, últimas décadas del siglo XIX. Elena Sanz, huérfana educada en el colegio de las Niñas de Leganés y bautizada por el público con ese mismo apodo, tiene una voz de contralto capaz de abrirle las puertas que su apellido sin fortuna mantiene cerradas. Del coro navideño de un modesto internado a los escenarios de París, San Petersburgo y el Teatro Real, su ascenso se apoya en una cadena de padrinazgos —el maestro Baltasar Saldoni, la duquesa de Sesto, la propia Isabel II en el exilio— que nunca resulta gratuita. Cuando el rey Alfonso XII ocupa el palco, la cantante descubre que el papel que ha ensayado sobre las tablas, el de la amante real de la ópera de Donizetti, ha empezado a repetirse fuera de ellas. Una novela histórica sobre el precio de la protección, la ambición legítima de una mujer que solo pidió cantar y el momento en que la biografía se confunde con el libreto.
Entre bastidores, con la cabeza apoyada en la cortina y el patio de butacas todavía vacío, una contralto española espera el momento de convertirse en Leonor de Guzmán. Han pasado tres meses desde el entierro de la reina Mercedes y el luto aún pesa sobre Madrid; en el palco se sentará esta noche un rey distinto del que la traspasó con la mirada un año antes. Elena Sanz reconoce la ironía antes que nadie: cinco siglos y medio después, la historia de la favorita de Alfonso XI regresa con variaciones sutiles, y ella es quien las encarna.
La novela retrocede entonces hasta el origen. Elena y su hermana Dolores crecen en el colegio de Nuestra Señora de la Presentación, adonde llegan las niñas con buen apellido y sin medios que lo sostengan. Allí el maestro Baltasar Saldoni descubre en ella una voz que se despega del coro y una belleza que le inquieta tanto como le enorgullece. Una mañana de Navidad de 1870, la duquesa de Sesto, Sofía Troubetzkoy, se presenta sin avisar y la invita a dar una vuelta en su berlina: hay alguien en París interesada en protegerla. Elena acepta antes de entender qué se le está ofreciendo y qué se le pedirá a cambio.
Ese paseo transcurre sobre un país en descomposición. La Gloriosa ha destronado a Isabel II, Amadeo de Saboya navega hacia una corona que nadie quiere, el duque de Montpensier intriga desde el rencor de un duelo con muerto, y una descarga de disparos en la calle del Turco cambiará el tablero en una sola tarde. La narración alterna con precisión el pulso íntimo de la protagonista y la crónica de la Restauración, dejando ver cómo los teatros, los salones y los despachos comparten los mismos hilos y los mismos titiriteros.
En París, Elena atraviesa el horror de la Comuna: sale de su hotel entre cañonazos, atiende heridos en las Tullerías, improvisa vendas rasgando el bajo de su vestido. La heroicidad le vale medallas y, sobre todo, la atención de Isabel II, que la recibe en el palacio de Castilla y financia su entrada en la compañía de Adelina Patti. Con la soprano mejor pagada de Europa viaja a San Petersburgo, aprende el oficio de la fama —trineos, suites, broches de setenta mil francos, quinientos admiradores en un andén— y también su reverso: la protección de una reina sin trono es siempre una inversión, y la deuda se cobra en Madrid.
Estructurada en tres actos y un telón, la obra sigue el trayecto de una intérprete que aspiraba a triunfar en su propio país y terminó convertida en pieza de una partida ajena, junto a un rey enfermo y una corona reconstruida a base de favores. Es, a la vez, el retrato de una época —el Madrid de los orinales vaciados a la calle y las toilettes de Worth, el París incendiado, la Rusia imperial— y la historia de una mujer cuyo talento fue real y cuyo nombre acabó escrito por otros. Completan el volumen una nota de la autora, un apartado documental, un pliego fotográfico y una cronología de hitos que permiten separar lo verificable de lo novelado.