En la sierra cordobesa de 1354, el hijo de un molinero descubre que su afición a copiar letras y dibujar figuras sobre retazos de lona no es un pasatiempo, sino un don.
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En la sierra cordobesa de 1354, el hijo de un molinero descubre que su afición a copiar letras y dibujar figuras sobre retazos de lona no es un pasatiempo, sino un don. Cuando el regidor de Zuheros y el párroco franciscano llegan al molino de Fuente Fría para verlo con sus propios ojos, la vida de Fadrique Díaz cambia de rumbo: el muchacho que debía heredar las piedras volanderas de su padre acaba camino de un scriptorium en la montaña de Cantabria. Una novela histórica sobre la vocación, la herencia truncada y el precio de un talento que nadie pidió.
A dos leguas y media de la amurallada villa de Zuheros, encaramada sobre su roquedal cordobés, el molino harinero de Fuente Fría muele el trigo del concejo al ritmo del agua que baja de la sierra. Allí vive Hernán Díaz Patiño con su mujer, Elvira García, su hijo Fadrique y la pequeña Almodis, en un aislamiento apenas roto por los arrieros que suben cada semana con los costales y por las visitas del regidor ecónomo que ajusta las cuentas de la molienda. El molino, ganado por un antepasado tras la conquista del rey Fernando III, se transmite de padres a hijos con una sola condición: que siga habiendo un molinero.
Ese orden previsible se resquebraja por una razón inesperada. Desde los cuatro años, Fadrique copia con soltura asombrosa las frases latinas de las estampas que le da su madre y las orla con hiedras y rosas pintadas con carbón, arcilla y grasa, escribiendo con una pluma de ganso recortada por él mismo y tinta de clara de huevo. Su padre lo considera una distracción inútil, impropia del oficio que habrá de heredar; su madre, en cambio, lo alienta a escondidas y le guarda los retazos de tela que el molinero desecha. Cuando el regidor don Martín de la Cruz y fray Francisco de Talavera se presentan una tarde de septiembre —no solo a hacer balance del grano molido—, esa discrepancia doméstica se convierte en una decisión que ya no pertenece a la familia.
La novela sitúa el episodio en un tiempo cargado de amenazas apenas contenidas. Corre el reinado de Pedro I; la frontera nazarí está cerca y las treguas son frágiles; en la corte se descompone el poder de don Juan Alfonso de Alburquerque y se incuba el enfrentamiento entre los partidarios del rey y los de su hermanastro Enrique de Trastámara. Los vecinos de Zuheros intuyen que las guarniciones de la frontera acabarán marchándose al norte. Sobre ese trasfondo, la propuesta de la Iglesia —enviar al muchacho como postulante a un monasterio con scriptorium— llega revestida de razones piadosas y prudentes, difíciles de rechazar para un molinero cuyo bienestar depende del concejo.
El relato se detiene en lo concreto: los cubos de mampostería y los rodeznos, el estruendo de la sala de molienda, la vigésima de harina que remunera el trabajo, la diferencia entre vivir en villa de realengo o bajo señorío, la caminata dominical de cinco leguas para oír misa. Esa precisión material sostiene el conflicto íntimo, que es sencillo y antiguo: un padre que pierde a su heredero, una madre que prefiere para su hijo un destino distinto del que ella conoció, y un chico de trece años que aún no sabe si lo que le ocurre es una fortuna o un despojo.
Cuando llega la respuesta del provincial, el destino tiene nombre: Santo Toribio de Liébana, en la montaña de Cantabria, con uno de los scriptorium más reputados de la cristiandad. El 20 de diciembre de 1354, con un hábito gris, un cordón sin nudos y una carta para el superior, Fadrique cruza el puente de piedra del molino en dirección al norte, en jornadas cortas y albergues monásticos, hacia una vida de copista e iluminador que ni él ni sus padres habían imaginado.
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