En un pueblo de valle donde todos se conocen, un alguacil reúne y ordena los testimonios de quienes vivieron los días previos a lo ocurrido en la Casa Verde el 29 de octubre de 2005.
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En un pueblo de valle donde todos se conocen, un alguacil reúne y ordena los testimonios de quienes vivieron los días previos a lo ocurrido en la Casa Verde el 29 de octubre de 2005. Una vecina que espía tras la cortina, un enterrador que distingue olores, un niño que sueña con aventuras y una niña que anota la hora exacta de cada ruido componen, entre lluvia y silencios, un relato coral sobre una verdad que el pueblo prefirió archivar como accidente.
Trece de enero de 2007. Un alguacil con más de dos décadas de servicio decide que ya basta de esperar: la investigación oficial se cerró llamando “trágico accidente” a algo que nadie del pueblo terminó de creerse, y él ha ido recogiendo, hoja a hoja, lo que los testigos quisieron poner por escrito. El resultado es este legajo hallado en el cajón de un escritorio del ayuntamiento, ordenado —confiesa— “a su manera”, con algún detalle corregido, y entregado al lector para que decida qué hacer con él.
Las voces se alternan como piezas de un mismo octubre lluvioso. Begoña, que escribe bajo seudónimo por miedo a las lenguas del coro, mira la calle estrecha desde la cocina y descubre en la ventana de enfrente a un hombre de negro con los ojos imposibles. El propio alguacil recorre cada mañana el puente, el castañar y la plaza de la escultura hasta que un perro degollado aparece entre los contenedores de la ribera y obliga a desenterrar una historia antigua: la del hijo de la Torre, el muchacho solitario del caserón de la colina, y el aullido que escuchó el pueblo entero. Lucas, el enterrador, reconoce en el pelaje un olor que ya conoce y confirma que el hoyo del Fresno vuelve a hacer falta. Jon, un crío de deportivas rojinegras, es reclutado por el Club de los Amigos Aventureros para subir de noche a la Torre y hablar con quien vive allí. Y entre todos ellos se intercala el diario de Sara, una niña enferma que no puede bajar las escaleras y que anota, minuto a minuto, los gritos, los platos rotos, la ausencia de su madre y la frase que su hermano le dice al oído.
Coral, contenida y construida sobre lo que cada testigo calla, la novela deja que el lector una las piezas: la violencia doméstica que el vecindario comenta en voz baja mientras vigila el guiso, las leyendas que sirven para nombrar lo que no se quiere nombrar, y la facilidad con que un pueblo entero regresa a la rutina tres días después. El terror aquí no llega de fuera; ya vivía en la casa de las contraventanas verdes.