Queenstown, 1893. En una ciudad levantada al calor de la fiebre del oro, junto al lago Wakatipu, la joven Elaine O'Keefe atiende la recepción de la pensión de su abuela cuando aparece un huésped que no encaja con los buscadores harapientos…
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Queenstown, 1893. En una ciudad levantada al calor de la fiebre del oro, junto al lago Wakatipu, la joven Elaine O'Keefe atiende la recepción de la pensión de su abuela cuando aparece un huésped que no encaja con los buscadores harapientos de siempre: William Martyn, irlandés de Connemara, de modales pulidos, ropa cara y un pasado del que prefiere no hablar. Mientras Elaine se deja llevar por la ilusión, a cientos de kilómetros, en las llanuras de Canterbury, la gran granja de ovejas de Kiward Station se prepara para un viaje que reunirá a dos primas de la misma edad y destinos opuestos: la que ama la tierra y la que la heredará.
Nueva Zelanda, 1893. En Queenstown, un asentamiento crecido a la sombra de los yacimientos de oro, la fortuna rara vez se encuentra en los ríos: la hacen quienes venden palas, camas limpias y comida caliente a los que aún creen en ella. Entre ellos están los O’Keefe, dueños de unos almacenes prósperos, y Helen, la abuela que rige su pensión con una disciplina tan comentada que los buscadores hablan de ella con una mezcla de respeto y temor.
A esa recepción llega una tarde William Martyn, y quien lo recibe no es la temida patrona, sino su nieta Elaine, dieciséis años, pelirroja, curiosa y aún inexperta en el arte de disimular lo que siente. El recién llegado desconcierta: dice ser irlandés, pero no habla como los irlandeses de los campamentos; se declara buscador de oro, pero viste ropa de calidad, escribe con soltura y anota como último domicilio el nombre de una propiedad que suena a casa señorial. En apenas unos minutos, Elaine decide que ha encontrado el comienzo de la aventura que llevaba años leyendo a escondidas.
A su alrededor, sin embargo, hay ojos menos entusiastas. Helen ha aprendido a desconfiar de los hombres que se presentan como caballeros. Daphne, la dueña del burdel de la calle Mayor —antigua pupila de Helen, unida a ella por una travesía y una juventud difíciles—, ha consolado a demasiadas muchachas convencidas de haber encontrado al príncipe entre sus clientes. Ninguna de las dos tarda en advertir las grietas del relato de William: un apellido que no cuadra, una educación que no cuadra, una salida de Irlanda que él esquiva con demasiada elegancia y un temperamento que se enciende en cuanto la conversación roza la política, la tierra y los señores que la poseen.
Mientras tanto, la narración se traslada a Kiward Station, en las llanuras de Canterbury, donde Gwyneira y James McKenzie administran una de las grandes granjas de ovejas del país junto a su hijo pequeño, Jack, y a los trabajadores maoríes del poblado vecino. Allí se prepara un viaje inminente a Queenstown, y con él una excepción que huele a conflicto largamente contenido: por primera vez acompañará a Gwyneira su nieta Kura-maro-tini, hija de dos mundos, deslumbrante, encerrada en su piano y en su música, indiferente a la tierra que un día será suya. La institutriz traída de Inglaterra, más interesada en su alumna favorita que en los niños a los que debería enseñar, es solo el síntoma visible de un desorden mayor.
Dos primas casi de la misma edad, criadas a distancias insalvables en carácter y expectativas: una que sueña con ovejas, caballos y horizontes abiertos que nunca heredará; otra que posee ese horizonte y no lo quiere. Entre el bullicio de la fiebre del oro y el silencio inmenso de las llanuras, la obra abre un relato familiar de varias generaciones donde la herencia no es solo una escritura de propiedad, sino también un acento que delata, una historia que se calla y un lugar al que se pertenece o no.
Con una prosa que alterna la vivacidad del pueblo minero con el pulso lento de la vida rural, la novela va tensando lo que parece un idilio juvenil hasta convertirlo en la primera pieza de una trama sobre amor, clase, mestizaje y las decisiones que una familia arrastra durante décadas.
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