En las afueras de Susseng, un hombre que regresó de África sin rostro —solo huesos y unos ojos negros intactos— vive encerrado en un caserón en ruinas.
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En las afueras de Susseng, un hombre que regresó de África sin rostro —solo huesos y unos ojos negros intactos— vive encerrado en un caserón en ruinas. La noche en que una prostituta huye de un crimen atroz y una avería deja a dos viajeros sin salida, todos acaban bajo ese mismo techo. Terror gótico de atmósfera espesa, donde el monstruo evidente quizá no sea el culpable.
Maxim Lloyd volvió vivo de una expedición por tierras africanas, pero volvió sin cara. Bajo la tela negra que ahora lleva permanentemente no hay carne ni piel: solo la calavera desnuda y, engarzados en las cuencas, unos ojos negros y brillantes que las hormigas respetaron sin que nadie sepa explicar por qué. Los médicos le dieron por muerto; la ciencia se equivocó. Desde entonces habita un caserón viejo y oscuro en las afueras de Susseng, atendido por una criada anciana y visitado por casi nadie.
Una noche fría y húmeda, Margaret Turner, prostituta veterana y cansada de esperar clientes bajo un farol, acepta subir al coche de un desconocido bien vestido que la lleva a una casa aparentemente abandonada. Allí, mientras espera, ve en la ventana el rostro aterrado de una compañera que huye de algo. La sigue por los campos a oscuras y se topa primero con la calavera parlante y después con una escena que ya no podrá quitarse de la cabeza: un brazo descargando una y otra vez un escorpión —un látigo de cadenas rematadas en púas y garfios— sobre un cuerpo atado a un árbol.
Su huida se cruza con la de Roy Stanley, investigador de seguros con más aplomo que prudencia, y Tina Powell, profesora de idiomas a la que acaba de recoger en una taberna. El coche se avería a dos kilómetros del pueblo y la única casa cercana es, precisamente, la del hombre encapuchado. La hospitalidad de Maxim Lloyd resulta impecable y, por eso mismo, más inquietante. Antes de medianoche aparecen el teniente Mason y el doctor Bartrey con una explicación cómoda: el marido celoso de la víctima se fugó esa misma mañana de la prisión. Demasiado limpia, quizá, para una noche tan sucia.
La novela va montando su inquietud sobre una simetría cruel. Mientras los huéspedes cenan bajo esa capucha negra, dos hermanos prósperos y la esposa de uno de ellos discuten en la taberna cómo compensar económicamente a un sobrino al que arruinaron la vida con una delación que creyeron inofensiva; el secreto que se juran guardar pesa más que las treinta mil libras que le han ingresado. Alrededor circulan un amigo recién salido del manicomio, un médico de mirada gélida que niega conocer una casa que sí conoce, y un fugitivo que prometió no matar de forma sencilla.
Escrita en la tradición del bolsilibro de terror —capítulos breves, diálogo seco, adjetivación intensa y una imagen central imposible de olvidar—, la obra juega deliberadamente con la tentación del lector a señalar al deforme. El horror físico está expuesto desde la primera línea; el moral se administra a cuentagotas, en conversaciones privadas y miradas que valen por amenazas. Entre la calavera que pide que no la teman y las personas de rostro intacto que ocultan lo que hicieron, la pregunta que sostiene el relato no es qué hay debajo de la tela negra, sino quién merece realmente llevarla.
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