En el Arizona de 1868, un forastero de mano rápida llega a Rander City con una idea insólita bajo el brazo: vender pólizas de seguro contra incendios, robos y deudores morosos en un territorio donde la ley la dicta el revólver.
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En el Arizona de 1868, un forastero de mano rápida llega a Rander City con una idea insólita bajo el brazo: vender pólizas de seguro contra incendios, robos y deudores morosos en un territorio donde la ley la dicta el revólver. Siby Vance no tarda en cruzarse con Al Tepperton, el matón que extorsiona a hoteleros y rancheros de la comarca, y convierte cada humillación pública del bandido en el mejor argumento de venta para su compañía. Entre el bullicio del Doll's Saloon, un rancho amenazado y una muchacha que sueña con volver junto a su madre, el negocio más pacífico del Oeste se revela como el más peligroso.
Rander City, Arizona, año 1868. En la tarde de fiesta que llena el Doll’s Saloon de risas, música y whisky, un joven forastero de veinticinco años reparte bromas y dinero con la misma facilidad. Se llama Siby Vance, tiene ojos oscuros y aire de vagabundo con fondos, y lleva una semana gastando lo suficiente como para despertar la codicia de Set Daffie, el flaco y testarudo lugarteniente de Al Tepperton. El jefe, en cambio, está ocupado en asuntos mayores: prepara una nueva visita al rancho de Rock Pinbaw, el propietario más rico de la zona, a quien lleva tiempo sangrando bajo la sola amenaza de las represalias.
El choque llega antes de lo previsto. Cuando Tepperton derriba de un puñetazo al camarero que se niega a fiarle otra botella, Vance se acerca a su mesa no para pelear, sino para invitarle, con una condición: que sea el propio bandido quien atienda al hombre al que acaba de tumbar. Dos balas certeras y una escena de humillación pública después, el saloon entero comprende dos cosas: que el forastero desenfunda más rápido de lo que nadie recuerda haber visto, y que acaba de ganarse un enemigo que no perdona.
Lo que nadie sospecha es que detrás de la provocación hay un plan comercial. Vance representa a la Society Assurance Company y ha venido a implantar en la comarca algo que allí suena a fantasía: pólizas mensuales que cubren incendios, robos y cuentas impagadas, respaldadas por un acuerdo con el sheriff y por la promesa de que la compañía cobrará a los deudores aunque haya que ir a buscarlos. Cada abuso de Tepperton es, para él, una demostración gratuita ante futuros clientes. Su primer socio es Mill Lander, el hotelero apaleado por negarse a subir a la habitación del bandido. Su primer empleado, Arthur Smock, el camarero al que eligió precisamente por haber sabido tragarse la ofensa sin desenfundar.
Alrededor del negocio se teje el mapa humano del pueblo. Mabel, la muchacha menuda del saloon que envía a su madre en Yuma cada dólar que gana y que se enamora a regañadientes de un hombre cuya única fortuna declarada es una cabaña en el bosque. Jack Dallas, el patrón que prefiere no meterse. Y en el rancho, el capataz Jim Halled y Maud Pinbaw, la hija del propietario, a quien Tepperton ya ha faltado al respeto más de una vez sin medir que ese es el error capaz de convertir a un hombre prudente en un enemigo.
Cuando el bandido irrumpe en el despacho de Pinbaw y descubre que el ranchero acaba de firmar una póliza —y que ahora sus extorsiones tienen quien las reclame—, la partida cambia de naturaleza. Ya no se trata de sacar tajada, sino de destruir un sistema que amenaza con dejarle sin oficio. Novela del Oeste clásica, de diálogo ágil y humor seco, que sustituye el duelo por el contrato sin renunciar a la pólvora: aquí el progreso llega en forma de papel firmado, y hay quien está dispuesto a quemarlo.
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