En la boda de su mejor amigo, Vera improvisa una reanimación al cura, canta al piano una canción prestada y descubre, por boca ajena, que su novio piensa pedirle matrimonio esa misma noche.
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En la boda de su mejor amigo, Vera improvisa una reanimación al cura, canta al piano una canción prestada y descubre, por boca ajena, que su novio piensa pedirle matrimonio esa misma noche. Entre un vestido que no la deja respirar y una vida que tampoco, aparece Dani, el primo de la novia: ojos azules, humor de esgrima y una calma que sabe exactamente cómo sostener a alguien que se está rompiendo en el baño de caballeros.
Todo empieza con un vestido azul Klein que aprieta más de lo que favorece y con un cura que se desploma en la sacristía justo antes de oficiar la boda. Vera, que llevaba veinte años sin pisar una iglesia, se arrodilla como puede sobre el mármol para practicar unas compresiones que aprendió a medias en un curso de la empresa, y así, entre el pánico y el ridículo, arranca una jornada que va a desordenarle la vida entera.
La novela transcurre casi por completo en el pulso de una sola celebración: la boda de Mario y Manuela en una finca de la sierra de Madrid, con su bosque de cuento, sus mesas bautizadas con parejas célebres de la literatura y el cine, y su fauna de invitados clasificable por club social. Alrededor de Vera se despliega un coro nítido y reconocible: Rita, la organizadora pelirroja que atraviesa el día como un temporal con tacones y que dice las cosas a la cara; Mario, el amigo gallego que odia las corbatas y quiere a Vera lo bastante como para reventarle una sorpresa; Manuela, luminosa y elegante, rodeada de amigas que sonríen mientras afilan el cuchillo; y Bosco, el novio arquitecto que atiende el móvil durante la ceremonia y le pide que se arregle un poco, como quien corrige un plano.
El giro llega antes que el postre. Mario le confiesa lo que no debía: Bosco va a pedirle matrimonio esa noche, delante de todos. La noticia cae sobre Vera con la contundencia de una evidencia largamente esquivada —no es que no quiera casarse, es que no quiere casarse con él— y la empuja a un baño equivocado, sin aire, peleándose con una cremallera cosida a la piel. Allí la encuentra Dani, el primo de la novia: recién vuelto de cinco años de surf en Australia, psicólogo, guapo de un modo que él mismo administra con sorna, y capaz de arrodillarse en el suelo de un lavabo de caballeros para enseñarle a soplar una vela imaginaria y prestarle su lugar seguro, una península portuguesa que Vera no ha visto nunca.
Entre ambos hay, desde el primer encontronazo junto al cuerpo del padre Genaro, una esgrima verbal que las dos autoras manejan con soltura: réplicas rápidas, chistes que se explican para perder la gracia adrede, ofensas que ninguno de los dos se cree del todo. Pero bajo la comedia late algo más incómodo y más serio: el peso de las expectativas ajenas sobre el cuerpo y el calendario de una mujer que ha cumplido los treinta, la violencia doméstica de los comentarios pequeños, la diferencia entre una relación que funciona sobre el papel y una que deja respirar.
Estructurada en cuarenta y siete capítulos y un epílogo, con una banda sonora que abre cada tramo —de Lenka a Izal, con Coldplay sonando en el piano del banquete—, esta es una novela romántica contemporánea que sabe reírse de sí misma sin abaratar lo que duele. La música funciona como el hilo que Vera sabe tocar cuando las palabras no le salen, y la pregunta que atraviesa el libro es la del epígrafe de Kerouac: qué haría falta para enamorarse de la propia existencia, en lugar de conformarse con la que ya viene puesta.
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