Jessica lleva cuatro años enamorada de Matt en silencio, desde la tarde en que él la defendió del chico que convirtió sus primeros años de instituto en una tortura.
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Jessica lleva cuatro años enamorada de Matt en silencio, desde la tarde en que él la defendió del chico que convirtió sus primeros años de instituto en una tortura. El día que por fin decide confesarse, el valor la abandona frente a la máquina de refrescos y solo consigue huir a la azotea. Allí la encuentra Scott Danvers —precisamente el abusón de entonces— con una oferta insólita: si finge ser su novia durante un mes, él la acercará a Matt, que resulta ser su amigo. Jessica acepta, y el pacto la empuja a una vida prestada de fiestas, mentiras a sus amigas y una intimidad fingida que, poco a poco, empieza a revelar quién es de verdad el chico al que creía odiar.
En un pueblo tan pequeño que todos conocen a los padres y a los abuelos de todos, Jessica se ha acostumbrado a pasar desapercibida. Vive con una madre que fue capitana de las animadoras y que hoy arrastra un equilibrio frágil entre la medicación, el alcohol y una sucesión de hombres que nunca se quedan; su casa es una cocina diminuta donde el silencio pesa más que la conversación. Fuera de allí, la sostienen dos amigas de infancia que funcionan como polos opuestos: Jules, pelirroja, impaciente y de lengua afilada, y Kia, analítica, prudente y convencida de que en algún sitio existe un príncipe azul.
El motor de la historia es una confesión que nunca llega a pronunciarse. Jessica lleva años queriendo a Matt desde la distancia, alimentada por un único gesto: cuando Scott Danvers le rompió las gafas de un balonazo, Matt fue el único que dio la cara. Ese recuerdo se ha convertido en una promesa privada que la narradora repasa como quien conserva una reliquia. Pero el día señalado, con media cafetería mirando, las palabras se le atragantan y solo consigue decir una banalidad sobre un partido de rugby antes de escapar llorando a la azotea.
Es entonces cuando aparece Scott con una propuesta que reordena el tablero: necesita una novia falsa durante un mes, por razones que no piensa explicar, y a cambio le abrirá la puerta al círculo de Matt. Nadie puede saberlo: ni las amigas de ella, ni los padres de él, ni su propia madre. Jessica acepta con la lucidez incómoda de quien sabe que está eligiendo mentir, y el relato se instala en la mecánica del engaño: los trayectos en la Harley con acelerones calculados, el beso simulado contra las taquillas, la mesa del fondo de la cafetería con Adam, Hannah, Erik y una Samantha desconcertantemente amable, la tarde de centro comercial y peluquería en la que su imagen cambia más deprisa que ella misma. También aparecen las grietas: Abby la mira con un rencor que nadie explica, y Jules no traga la versión oficial.
Lo interesante es cómo el pacto empieza a erosionar sus propias reglas. El chantaje afectivo con el que arranca la relación —tú me usas, yo te uso— se va llenando de treguas, bromas repetidas y una complicidad que ninguno de los dos ha pedido. La bisagra llega una noche cualquiera, en un callejón mal iluminado, cuando Jessica se cruza con un Scott golpeado que confiesa en dos palabras de dónde vienen los moratones. En ese instante el antagonista deja de ser un personaje plano y la protagonista descubre que la crueldad que sufrió durante años tenía una historia detrás que jamás quiso mirar.
Narrada en primera persona, con un tono confesional, ágil y salpicado de ironía, la novela combina los códigos reconocibles del romance juvenil de instituto —el noviazgo fingido, el enemigo convertido en cómplice, el cambio de imagen, la jerarquía de la cafetería— con un sustrato más áspero: la negligencia familiar, la violencia doméstica, el acoso escolar y la incomodidad de construir una identidad a base de mentiras. Es una historia sobre lo que cuesta hablar cuando llevas años callando, y sobre el descubrimiento de que la persona que te hizo daño y la persona que necesita ayuda pueden ser la misma.