Un sábado de lluvia, en un barrio venido a menos, aparece el cuerpo de una joven en un piso vacío: golpes en la cabeza, un dedo amputado y tres cortes que dibujan un triángulo perfecto.
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Un sábado de lluvia, en un barrio venido a menos, aparece el cuerpo de una joven en un piso vacío: golpes en la cabeza, un dedo amputado y tres cortes que dibujan un triángulo perfecto. La inspectora Regina vuelve así a las calles donde creció, arrastrando insomnio, pastillas y la desaparición nunca resuelta de su hermana. A su lado, una compañera novata a la que desprecia. Frente a ella, alguien que mata con método y disfruta dejando la escena exactamente como quiere que la encuentren.
La novela abre con una voz infantil que recuerda el miedo desde dentro: un monstruo que susurra, una cama mojada, una promesa de regreso. Después salta al presente y adopta, sin nombrarlo, el punto de vista de quien mata. Es un sábado gris, hay atasco pese al fin de semana, y esa persona compra un café antes de subir tres pisos hasta un piso deshabitado donde una mujer joven espera atada en el suelo. Lo que sigue no se cuenta como impulso sino como rutina satisfecha: guantes de látex, un cuchillo, la escena ordenada objeto por objeto y, más tarde, una hoguera en el bosque de los alcornocales donde arden ropa, documentación y cualquier rastro.
El lunes por la mañana, la inspectora Regina recibe la llamada del comisario. El cadáver ha aparecido en la plaza Villalva, el barrio donde jugó de niña y donde su madre cosía vestidos para la anciana que aún figura como propietaria del piso. Regina llega mal dormida, después de una discusión con Moreno —un compañero seis años menor con quien insiste en no tener nada serio— y con la fotografía de su hermana atada rondándole la cabeza. La forense describe un cuerpo desnudo, golpes con ensañamiento, un anular cortado, tres incisiones en el tórax y marcas de brida en muñecas y tobillos. No hay huellas, no hay ADN, no hay cámaras que funcionen. Los restos de una comida quedaron sobre la mesa como una firma: dos vasos, dos tenedores, colocados donde alguien quiso que se vieran.
La investigación arranca con una persecución fallida y un atasco que deja escapar un Peugeot gris, con la identificación de la víctima —Salomé, veinticuatro años, casada, madre de dos niñas, desaparecida días antes— y con un marido que llora y no encaja como culpable. Alrededor del caso se tensa la relación entre Regina, dura, esquiva y sospechosa a ojos de sus superiores, y Silvia, novata de familia adinerada que la admira, la cubre ante el comisario y le exige de frente una oportunidad.
El relato alterna la pesquisa policial con la mirada del asesino y con los fantasmas privados de la inspectora, y avanza hacia una certeza incómoda: los símbolos dejados sobre el cuerpo son un mensaje, y el barrio de la infancia de Regina no fue elegido al azar.