Tres relatos encadenados por una misma corriente subterránea: mujeres jóvenes que persiguen algo —un hombre, un trabajo, una muerte propia— y descubren que el mundo no estaba organizado para concedérselo.
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Tres relatos encadenados por una misma corriente subterránea: mujeres jóvenes que persiguen algo —un hombre, un trabajo, una muerte propia— y descubren que el mundo no estaba organizado para concedérselo. Una secretaria chilena sigue a su amante hasta Kamakura; dos mellizas se preparan para un empleo que nunca existirá; una enferma de veinte años negocia con su hermana el derecho a no operarse. La voz que los cuenta es seca, casi rumorosa, capaz de pasar del chiste al horror en una misma línea.
El volumen reúne tres relatos que podrían leerse por separado y que, sin embargo, se contaminan entre sí. El primero sigue a Victoria Melis, diecinueve años, huérfana de un accidente ferroviario y dueña de una capacidad de enamoramiento tan intensa como breve. Entra a trabajar como secretaria en una empresa avícola del sur de Chile, se obsesiona el mismo día con su jefe —un vendedor de pollos de exportación, fumador de tabaco negro, enamorado sobre todo de sí mismo— y, cuando él la despide sin darle razones, lo sigue hasta Kamakura con una maleta llena de objetos inútiles: boletas de motel, colillas, lápices secos, un cenicero picado. En Japón consigue empleo cuidando al hijo de una viuda argentina y espera un milagro que llega, cuando llega, con la forma exacta de una catástrofe. La epidemia que diezma a los pollos de Traiguén —los debilita, los pone feos, los deja caer muertos un día cualquiera, sin más síntoma que una tristeza— funciona como diagnóstico oblicuo de todo lo demás.
El segundo relato es el más breve y el más frío. Dos hermanas mellizas se preparan para su primer día de trabajo en el local de un tal Orozco, que las contrató con una condición humillante y explícita, y que les prometió un futuro «billonario». Cumplen el trámite con la eficiencia de quien resuelve un turno: se lo echan al cachipún, cada una atiende a un hombre de la casa, comen con la familia y salen a la calle con delantales de ropa usada. La felicidad les dura tres cuadras y media, hasta un letrero de diez letras. Lo que sigue no es un derrumbe sino una vuelta a la normalidad: huevos revueltos, una coreografía de la tele, risas, y de nuevo el cachipún. La violencia del texto está en su naturalidad.
El tercero se instala en una sala de oncología. Julieta va a cumplir veinte años y tiene un tumor y dos opciones, ninguna buena: dejarse operar con un cincuenta por ciento de probabilidades, o no hacer nada. Frente a ella, su hermana Raquel llena el silencio aséptico con datos disparatados sobre Japón y el aire acondicionado, porque hablar es su forma de no rogar. Alrededor de las dos gravitan un padre muerto por una bala perdida en Oriente, durante una gira musical, y una madre que amenazó con matarse tantas veces hasta que lo hizo. También la infancia compartida, cuando se creían catalépticas y dormían tomadas de la mano para que una pudiera despertar a la otra a tiempo. Aquí la decisión sobre el propio cuerpo se negocia con un puñado de somníferos sobre la mesa.
Lo que sostiene el conjunto es una manera de narrar más que un tema. Un narrador que se apoya en el rumor —«dicen que es muy pero muy loca»— y que nunca se compadece; frases cortas, humor de una crueldad tranquila, chilenismos que se dejan caer sin traducción, y un procedimiento recurrente: presentar el desastre en la misma cadencia con que se enumera una lista de compras. Japón aparece en los tres relatos como un lugar donde el idioma no alcanza y los muertos quedan lejos; los animales —pollos, patos, loros, un pez azul, una ramita de bambú— prestan su vocabulario para hablar de personas. Son historias de cuerpos jóvenes usados por otros o por la enfermedad, de familias que funcionan como mecanismos, y de un deseo que se equivoca de objeto con una obstinación casi cómica hasta el instante en que deja de serlo.