Verano de 1865. Con la guerra recién terminada y el Sur en ruinas, una joven de dieciocho años llega a Nueva York disfrazada de muchacho, con el revólver de su padre envuelto en un fardo y un único propósito: matar al hombre que se…
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Verano de 1865. Con la guerra recién terminada y el Sur en ruinas, una joven de dieciocho años llega a Nueva York disfrazada de muchacho, con el revólver de su padre envuelto en un fardo y un único propósito: matar al hombre que se interpone entre ella y la plantación que considera suya. El plan se tuerce cuando su objetivo, un jugador de póquer condecorado como héroe de la Unión, la confunde con un chico sin techo y le ofrece trabajo en sus cuadras. Novela romántica histórica sobre el odio heredado, la identidad negada y una casa que dos personas muy distintas necesitan reclamar.
Han pasado tres meses desde el final de la guerra civil y el bajo Manhattan bulle de corredores de bolsa, vendedores ambulantes y prisa. Entre esa multitud se abre paso alguien que no encaja: pantalones sucios sujetos con una correa, botas demasiado grandes, un sombrero de fieltro raído y un fardo apretado contra el pecho. Todo el mundo ve a un muchacho de once o doce años. En realidad es Katharine Louise Weston —Kit— , dieciocho años, huérfana de la plantación Risen Glory, en Carolina del Sur, y ha viajado hasta la ciudad de los yanquis para cometer un asesinato que ella prefiere llamar justicia.
El blanco es el mayor Baron Nathaniel Cain, al que los periódicos bautizaron el Héroe de Missionary Ridge. Cain vive de las cartas en una mansión que ganó con una pareja de reyes, colecciona cicatrices y amantes con el mismo desapego, y arrastra un frío interior que ninguna mujer ha logrado deshelar: abandonado por su madre a los diez años, huido de un orfanato a los trece, curtido en diez años de ganado, ferrocarril y oro en el Oeste. Se alistó no por la Unión, sino porque no soportaba la idea de la esclavitud, y descubrió que el riesgo era lo único que lo hacía sentirse vivo. Ahora, con la guerra acabada y el peligro extinguido, algo le falta y no sabe nombrarlo.
La primera noche de vigilancia termina en desastre: Kit se duerme en las cuadras y Cain la sorprende trepando el muro. Improvisa una coartada —busca empleo— y él, para su asombro, se la concede. Así empieza la parte más incómoda de su plan: convertirse en el mozo de cuadras de su enemigo, dormir sobre sus caballos, comer en su cocina bajo la mirada desaprobadora del ama de llaves, discutir de guerra y libertad con Magnus Owen, el capataz negro que le salvó la vida al mayor y que desmonta con paciencia sus certezas heredadas. Cerca de él podrá estudiar sus costumbres y esperar la noche del domingo, cuando la casa se queda vacía. Cerca de él también resulta cada vez más difícil sostener el disfraz.
Porque el disfraz nunca fue solo para Nueva York. Criada como una salvaje después de que su padre se casara con una madrastra que la desterró de la casa grande, Kit aprendió a disparar, a montar sin silla, a decir palabrotas y a leer a Emerson a escondidas en la biblioteca; aprendió, sobre todo, que lo femenino era blandura y la blandura, derrota. Su cuerpo de mujer le parece una traición y su cumpleaños, un accidente. Lo único que le queda del mundo es la tierra, y la tierra es lo que la trajo hasta aquí.
De esa impostura arranca un recorrido que la novela organiza en cuatro tiempos —el mozo de cuadras, la alumna de un internado, una dama del sur y, por fin, Katharine Louise—, un itinerario que va desmontando pieza por pieza la armadura que Kit se construyó para sobrevivir. Entre el humo de los puros, el olor a paja limpia y los rescoldos de un país que aún no sabe cómo reconciliarse, dos personas acostumbradas a no necesitar a nadie descubren que el enemigo tiene rostro, biografía y heridas propias. Una historia de rencor, orgullo y deseo, narrada con humor seco y una tensión que se sostiene desde la primera tarta de manzana regalada en una acera hasta la última decisión sobre Risen Glory.