Un ensayo que recorre cinco mil años de historia para explorar por qué la humanidad ha destruido sus propios libros una y otra vez, desde las tablillas de arcilla de Sumer hasta el saqueo de las bibliotecas de Bagdad en 2003.
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Un ensayo que recorre cinco mil años de historia para explorar por qué la humanidad ha destruido sus propios libros una y otra vez, desde las tablillas de arcilla de Sumer hasta el saqueo de las bibliotecas de Bagdad en 2003.
A partir de una pregunta formulada por un estudiante iraquí entre las ruinas de la Universidad de Bagdad tras la invasión de 2003, el autor emprende una indagación personal y erudita sobre un fenómeno tan antiguo como la propia escritura: la destrucción deliberada o accidental de libros y bibliotecas. La obra combina el testimonio directo de quien presenció el saqueo del Museo Arqueológico y el incendio de la Biblioteca Nacional de Irak con recuerdos de infancia ligados a una biblioteca pública venezolana arrasada por una inundación, y con el hallazgo de una herencia familiar de libros que actúa como detonante de la investigación. Desde ahí, el texto se abre hacia una reflexión de largo aliento sobre los mitos apocalípticos que, en prácticamente todas las civilizaciones, vinculan destrucción y renovación del mundo, y sobre cómo esa lógica mítica se traslada al gesto de quemar o aniquilar libros como forma de borrar la memoria colectiva de un pueblo. El recorrido histórico se remonta a los orígenes mismos del libro en Mesopotamia, con las tablillas cuneiformes de Sumer y las bibliotecas de Ebla y Mari en la antigua Siria, documentando cómo las guerras, los incendios, las inundaciones y el reciclaje material de los soportes de escritura acabaron con buena parte del registro más antiguo de la civilización. A lo largo del ensayo se entrelazan casos de biblioclastia protagonizados por gobernantes, filósofos y movimientos culturales de distintas épocas, junto con referencias literarias que han tematizado la quema de libros, para sostener una tesis central: los libros no se destruyen solo como objetos materiales, sino como depositarios de memoria e identidad, y ese acto de aniquilación responde a patrones simbólicos y rituales profundamente arraigados en la conducta humana.
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