Nueva Orleans, otoño de 1991. Damien Waters lleva apenas unas semanas como detective de homicidios cuando el cadáver de un chico de diecinueve años aparece en la ciénaga, diez meses después de su desaparición.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Nueva Orleans, otoño de 1991. Damien Waters lleva apenas unas semanas como detective de homicidios cuando el cadáver de un chico de diecinueve años aparece en la ciénaga, diez meses después de su desaparición. Junto a Charles Dewey —un veterano brillante, corrosivo y apodado Dos Caras—, Damien reabre un caso que todos daban por cerrado y que empieza a apuntar hacia los tíos del muchacho, sus tutores legales. Novela negra de atmósfera densa y ritmo sostenido, articulada en tres partes que avanzan desde el pantano de Luisiana hasta una pregunta que da título al libro y que ningún expediente puede responder.
Un jueves de octubre de 1991, dos detectives esperan apoyados en la valla de un campo de fútbol americano a las afueras de Nueva Orleans. Vienen a remover una herida reciente: la desaparición de Steve Smith, un chico de diecinueve años que vivía con sus tíos, y cuyos restos acaban de emerger de la ciénaga tras casi diez meses de descomposición. El caso estaba cerrado. Ya no lo está.
Damien Waters tiene treinta y cuatro años, una melena blanca recogida en la nuca, un Chevrolet Bel Air heredado de su abuelo y un mes escaso de placa. Vive solo en un barrio tranquilo, duerme sobre un colchón a ras de suelo, escribe un diario a la luz de una vela y sale a correr de noche para no pensar. Su compañero, Charles Dewey, le saca seis años y nueve de oficio: treinta y seis casos resueltos de treinta y siete, una lengua que no perdona a nadie y una casa donde le esperan una mujer que aún lo quiere y dos hijos, uno de los cuales ha empezado a mirarlo como si fuera el enemigo. Entre ambos se abre la distancia exacta entre quien todavía cree que hay buenos y malos y quien lleva demasiado tiempo comprobando que la frontera se corre.
La investigación los lleva de las salas de interrogatorio del Departamento de Investigación Criminal —máquinas de escribir, un solo ordenador prometido para el despacho del comandante, cafés fríos— a un barrio de casas prefabricadas en Plaquemines, tres horas al sur, donde un vecino que se hace llamar Batman recuerda a un hombre obsesionado con los caimanes que rondaban su jardín. Las piezas encajan con demasiada facilidad y por eso mismo inquietan: una mudanza repentina, una casa subastada a la baja, una camioneta verde que nadie logró rastrear, un ruido y unos neumáticos que no dejaron marca. Cada hallazgo abre una conjetura, y cada conjetura empuja a Damien un poco más lejos de sí mismo, hacia noches sin estrellas, sueños que se confunden con el insomnio y un tablero de corcho donde las fotografías van ocupando el lugar del sueño.
La novela se organiza en tres movimientos —“Lejos de cualquier carretera”, “Todos estamos solos” y “¿Hacia dónde se dirigen los coches en la noche?”— y se abre con una escena breve, fechada cuatro años más tarde, en la que alguien se apaga en una habitación cerrada con llave mientras los pasos de una sombra se alejan. Esa imagen, colocada antes que todo lo demás, funciona como una promesa: lo que empieza como la reapertura de un expediente terminará midiendo el precio que este oficio cobra a quienes lo ejercen y a las familias que los esperan despiertos.
Con Luisiana como escenario y como carácter —el río, el calor fuera de temporada, el jazz que llega de lejos, la religiosidad y la sospecha conviviendo puerta con puerta—, esta es una historia de investigación criminal que se interesa tanto por el crimen como por sus investigadores: por lo que resulta necesario perder para seguir mirando de frente lo que otros prefieren no ver.