Una anciana moribunda promete revelar desde el ataúd, por teléfono, dónde escondió una fortuna en monedas de oro; cuando la llamada llega, la familia que la rodeó por interés descubre que el verdadero secreto es mucho más inquietante.
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Una anciana moribunda promete revelar desde el ataúd, por teléfono, dónde escondió una fortuna en monedas de oro; cuando la llamada llega, la familia que la rodeó por interés descubre que el verdadero secreto es mucho más inquietante.
En una casona enorme y algo destartalada a las afueras de Reedsson, Roberta Massey agoniza rodeada de parientes que fingen un afecto que no sienten. Todos saben —o creen saber— que en algún rincón de la casa hay escondida una arqueta repleta de monedas de oro, y todos esperan que la moribunda diga por fin dónde. Roberta no lo hace. En su lugar deja una instrucción tan absurda como perturbadora: su vieja sirvienta, Anne, deberá colocar un teléfono dentro del féretro, porque piensa llamarlos ella misma cuando se haya acostumbrado a lo tétrico de su encierro.
Cumplida la promesa y celebrado el entierro, la casa empieza a comportarse como si algo hubiera vuelto con ellos. Anne jura haber visto a Roberta atravesar la puerta del sótano convertida en bruma; un hedor de descomposición invade el salón; la luz se va; el teléfono suena. La familia se queda: la altiva Donna, su hija Carolyn, el prometido ocioso de esta, y Jane, la hermana cantante que llega de Londres al volante de un Mercedes recién comprado y con un detective privado contratado bajo la tapadera de “representante”. Solo Jennifer, la hijastra que quería sinceramente a la difunta, y el doctor Carroll, que insiste en que Roberta no era tan inofensiva como parecía, aconsejan marcharse de allí.
La investigación obliga a desenterrar la historia de cuatro hermanas que de niñas se quisieron de veras: la ambición de Donna, la huida de Jane hacia el éxito, la lealtad de Roberta y, en el fondo del pasado, Mónika, la pequeña, enloquecida por el abandono de un forastero y encerrada en un manicomio con la firma de sus propias hermanas. Cuando la voz de Roberta suena por fin en el auricular —inconfundible, serena, hablando de una tapa desencajada y de olores que llegan desde un cementerio cercano—, lo que anuncia no es un escondite sino un nombre. Y ese nombre convierte la codicia en miedo.
Relato de misterio y terror gótico de ritmo rápido, construido con recursos clásicos —tormenta, casa aislada, sótano cerrado, sirvienta fiel— y una idea central de una eficacia macabra: el teléfono en el ataúd. Bajo el escalofrío late una historia de culpa familiar, donde la herencia que de verdad se reparte es la de un agravio antiguo y nunca saldado.
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