En Devil's Lake, un pueblo minero del Oeste que aún arrastra el pulso de la posguerra, David Donat tiene quince años y una idea muy firme de lo que está bien.
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En Devil's Lake, un pueblo minero del Oeste que aún arrastra el pulso de la posguerra, David Donat tiene quince años y una idea muy firme de lo que está bien. Cuando se interpone entre el hijo del maestro y un compañero indefenso, desata una enemistad que ya no le dará tregua: la del pedagogo que gobierna el pueblo con la palmeta y la de un rival dispuesto a mentir para hundirlo. Entre peleas a puño limpio, una acusación falsa y un rescate en el río, esta novela sigue el momento exacto en que un chico decide, sin ayuda de nadie, en qué clase de hombre quiere convertirse.
Hacia 1871, Devil’s Lake es un pueblo donde los padres trabajan de sol a sol y delegan la crianza de sus hijos en Tast Birth, un maestro que ejerce la enseñanza como quien ejerce un cacicazgo: a golpes de garrote y de palmeta, con castigos arbitrarios y la certeza de que nadie irá a quejarse. Su hijo Rogers ha aprendido bien la lección y administra a puñetazos la misma impunidad, amparado en la amenaza de una denuncia paterna. Todos los muchachos del lugar han hecho las paces con ese orden. Todos menos David Donat.
David tiene quince años, un cuerpo delgado que engaña sobre su fuerza y un temperamento rebelde que no admite el abuso. Cuando irrumpe en el círculo donde Rogers apalea al enclenque Gus, sabe perfectamente lo que le espera; cuando poco después se niega a aceptar un castigo injusto en el aula y tumba al maestro de un puñetazo, firma el final de su vida escolar y el comienzo de otra cosa. Empieza a trabajar en una granja, y a esa altura ya solo un vínculo lo ata al pueblo con la fuerza de una promesa: Alice Draye, la hija de trece años del corpulento Thomas Draye, llegada a Devil’s Lake el mismo año en que abrió la escuela.
Una tarde de julio, un paseo hasta la pasarela de Kant termina con Alice arrastrada por la corriente hacia el salto de agua de los aserraderos. David se lanza tras ella; Rogers corre en dirección contraria y regresa al pueblo con una versión inventada en la que él es el héroe y David el agresor. La palabra de un chico contra la de un maestro respetado basta para envenenar el ambiente: hay bofetadas de un padre furioso, exigencias de que intervenga el sheriff y un veredicto que salva a David de la ley pero no del descrédito.
A partir de ahí, la novela mide a su protagonista por lo que se contiene más que por lo que golpea. Alice le arranca la promesa de no buscar pelea, y David la sostiene bajo insultos, provocaciones y el desprecio abierto de la pandilla, hasta que la promesa se vuelve insostenible. El desenlace de ese pulso decide su destino inmediato: su padre resuelve enviarlo a Pensilvania, a casa del tío Dan, a trabajar en una mina. La despedida deja dos cosas sembradas para lo que venga: un amor infantil declarado con una seriedad que no tiene nada de infantil, y la aparición de Ossa Hoggy, hija del socio de Draye, morena, altiva y acostumbrada a que su voluntad se cumpla, que mira a David como quien elige un acompañante y despierta en él una antipatía inmediata.
Escrita con frase ágil, diálogo abundante y un gusto evidente por la escena de acción —las peleas están narradas casi con cronómetro de ring—, la obra combina el molde clásico de la aventura del Oeste con una historia de formación: la del muchacho que descubre que la valentía consiste tanto en dar el primer golpe como en aguantar sin darlo, y que la injusticia rara vez se corrige diciendo la verdad.
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