Matt Ridley recorre el genoma humano eligiendo un gen emblemático de cada uno de los veintitrés cromosomas y convirtiendo cada elección en el hilo de un capítulo.
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Matt Ridley recorre el genoma humano eligiendo un gen emblemático de cada uno de los veintitrés cromosomas y convirtiendo cada elección en el hilo de un capítulo. El resultado no es un tratado técnico sino el relato de una especie: de las criaturas unicelulares del lodo primitivo a las discusiones actuales sobre enfermedad, herencia y libertad. Ridley lee el ADN como un texto —capítulos, párrafos, palabras de tres letras— y propone que en él está escrita, con fidelidad de archivo, la biografía de quienes lo llevamos dentro.
La idea que sostiene este libro nació de un comentario casual: un biólogo evolutivo confesando que tenía un cromosoma favorito. A Matt Ridley le pareció desconcertante atribuir personalidad a lo que, en principio, no es más que un conjunto arbitrario de genes, y de ese desconcierto salió un plan de escritura. Igual que Primo Levi había ordenado sus recuerdos según la tabla periódica, Ridley decidió ordenar la historia de nuestra especie según los veintitrés cromosomas humanos, tomando de cada uno un gen recién descubierto y dejando que ese gen abriera un tema: la vida, la especie, la historia, el destino, el ambiente, la inteligencia, el instinto, el egoísmo, la enfermedad, el estrés, la personalidad, la memoria, la muerte, la eugenesia, el libre albedrío.
El armazón es deliberadamente arbitrario y el autor lo admite sin coartadas: el número veintitrés no significa nada, los genes de función parecida no se agrupan por cromosoma, y de los muchos miles que componen el genoma la mayoría son, según su propia expresión, aburridos mandos bioquímicos intermedios. Lo que ofrece a cambio es un itinerario coherente por los parajes más reveladores del mapa. Un prólogo funciona como manual de instrucciones —célula, núcleo, cromosoma, exón, intrón, codón, base— y sostiene la analogía central del volumen: el genoma es literalmente un libro, información digital lineal escrita con un alfabeto de cuatro letras, lo bastante extensa como para llenar cinco mil volúmenes y lo bastante compacta como para caber en la cabeza de un alfiler. Ridley descarta expresamente la metáfora del plano, que considera bidimensional y demasiado literal para lo que la genética hace.
El primer capítulo da el tono. En lugar de arrancar con la doble hélice de 1953, Ridley retrocede a 1943 y reúne a un grupo de personas que trabajaban separadas y sin saberlo sobre el mismo enigma: Schrödinger preguntándose en Dublín qué es la vida, Avery en Nueva York a punto de señalar al ADN con una prudencia que le costó lectores, Turing en Bletchley demostrando que los números pueden calcular números, Shannon en Nueva Jersey atando información y entropía. También aparece, como contrapunto sombrío, la falsa ciencia de Auschwitz, cuyos resultados no sirvieron a nadie. De ahí desciende hasta un párrafo de ciento veinte letras repetido en el brazo largo del cromosoma 1, quizá el gen más activo del cuerpo humano, y al viejo dilema del huevo y la gallina entre el ADN y las proteínas.
Escrito cuando apenas se habían localizado ocho mil genes humanos y prologado para la edición española justo después del anuncio del borrador del genoma en junio de 2000, el libro conserva la tensión de un territorio que se estaba cartografiando mientras se narraba: la carrera entre el proyecto público y la empresa de Craig Venter, la irrupción del debate genético en los medios, el temor y la esperanza repartidos a partes iguales. La posición de Ridley es explícita y templada. No sostiene que todo esté en los genes ni que estos pesen más que otros factores; sostiene que importan, que el conocimiento es una bendición antes que una amenaza, y que leer nuestra propia receta abre menos respuestas definitivas que preguntas nuevas.