Un ensayo de crecimiento personal, escrito desde la experiencia de una coach que acompaña a mujeres en talleres y sesiones individuales, sobre la costumbre de organizar la propia vida alrededor de lo que se supone que los demás esperan.
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Un ensayo de crecimiento personal, escrito desde la experiencia de una coach que acompaña a mujeres en talleres y sesiones individuales, sobre la costumbre de organizar la propia vida alrededor de lo que se supone que los demás esperan. A partir de un sueño recurrente —mujeres sumergidas, vestidas con corsés, vigiladas para que no saquen la cabeza del agua—, la autora nombra las figuras interiores que gobiernan esa obediencia: la Sumisa, siempre educada y hambrienta de aprobación, y la Reina de las Nieves, blindada en la perfección y el alto rendimiento. Frente a ellas propone otra presencia posible, la Tierna Compañera, y una práctica cotidiana, sin final feliz ni fuegos artificiales, que convierte el miedo en amabilidad hacia una misma.
Todo empieza con una pregunta que se repite en la consulta: por qué, teniendo pareja, hijos, trabajo y casa, faltan las ganas de levantarse por la mañana. La respuesta que este libro persigue no está en lo que falta, sino en quién falta. Muchas mujeres —observa la autora tras años de talleres y sesiones individuales— eligen carrera, ciudad, horarios y hasta el color de las paredes según un criterio ajeno, y descubren tarde que han construido una vida impecable en la que ellas no aparecen por ningún lado.
El punto de partida es un sueño: una cuenca de agua verde oscuro en las profundidades de la tierra, mujeres sin rostro nadando con vestidos de corsé apretado y la regla de no asomar la cabeza ni respirar; en la orilla, una silueta masculina encargada de devolver al agua a quien lo intente. De ahí nace la imagen que atraviesa el libro, la de las mujeres encorsetadas, y la pregunta práctica que lo ordena: en qué momentos concretos de la vida diaria una se sumerge, quién ejerce dentro de una misma el papel de vigilante y qué trabajo hace falta para quitarse el corsé.
El recorrido avanza retratando personajes interiores. La Sumisa —la Chica Buena— es la que ocupa el menor espacio posible, la que se retira a la cocina, la que ofrece más ensalada para desviar una discusión, la que responde con cortesía a quien la interpela por la calle. Vive en un mundo jerárquico que no cuestiona, se orienta por el impersonal «así se hace» a falta de brújula propia y sostiene un trabajo invisible y no remunerado: recordar cumpleaños, gestionar el humor ajeno, sonreír cuando lo que hay debajo es rabia. La autora la rastrea en su propia biografía con honestidad incómoda, hasta el hallazgo que le cambió la mirada: lo que ella llamaba empatía era, a menudo, miedo disfrazado; preocuparse por el otro no es lo mismo que saber qué le pasa al otro.
El relato muestra también adónde conduce esa hambre crónica. Con la parábola de la niña de las cerillas como brújula, describe los alivios momentáneos —el vino, el cigarrillo, el ansiolítico, la aventura amorosa que se sabe condenada desde el primer mensaje leído a escondidas— y su previsible aritmética: la caja se vacía. Nada de lo que se hace desde el miedo alimenta. En el extremo opuesto aparece la Reina de las Nieves, la mujer de aspecto perfecto que ha resuelto el problema congelándolo: correr, ganar, no permitirse debilidad, blindarse. Su torre es alta y no tiene ascensor, y detrás del maquillaje impecable vive alguien temblando.
La propuesta del libro no es un método ni una promesa de transformación definitiva. Es un movimiento que se repite: reconocer la voz del miedo, dejar de dirigir la ira hacia una misma, recuperar los sí y los no propios y aprender a tratarse con la misma amabilidad que se le concede sin esfuerzo a una amiga. Apoyada en lecturas de psicología y análisis cultural —del trabajo emocional a la crítica de la adicción a la perfección— y escrita en una prosa cercana, con humor y escenas de cocina, oficina y sala de juntas, la obra sostiene una idea sencilla y exigente: por lejos que una haya ido de sí misma, el camino de vuelta sigue abierto, y al final de él está una misma, esperando con la luz del porche encendida.