Susana muere atragantada y despierta en un pasillo oscuro que la conduce a la burocracia más absurda del más allá: una sala de espera desvencijada donde las almas deben ser subastadas.
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Susana muere atragantada y despierta en un pasillo oscuro que la conduce a la burocracia más absurda del más allá: una sala de espera desvencijada donde las almas deben ser subastadas. Su alma, demasiado ordinaria, demasiado perfecta, no interesa a nadie. En un limbo entre lo celestial y lo sórdido, descubre que la muerte no es el descanso eterno que prometían, sino un mercado regido por criterios incomprensibles donde hasta los pecadores tienen valor.
La muerte llega sin aviso: un hueso en la garganta, una sensación de asfixia, y Susana se despierta en un pasillo que apesta a suciedad acumulada y olvido. Las paredes azotadas por la mugre, la oscuridad sofocante tras ella y esa luz parpadeante al fondo que promete redención. Lo que encuentra es tan desconcertante como desmoralizador.
A través de una puerta de cristal que debe abrir manualmente —porque incluso el cielo tiene sus incongruencias administrativas— accede a una sala de espera que niega toda grandiosidad celestial. Asientos de plástico gastado, un altavoz de época prehistórica, rostros apáticos de almas en espera. El cartel informativo que le ofrecen no deja dudas: será una subasta. Su alma, como mercancía, será vendida al mejor postor.
Lo grotesco no termina ahí. Cuando llega su turno ante un maestro de ceremonias desproporcionado y otros seres cuya humanidad parece apenas una farsa, se produce el golpe definitivo. Nadie puja por ella. Su vida de rectitud impoluta, de adhesión inquebrantable a la moral religiosa, de ausencia absoluta de pecados, resulta ser completamente sin valor. Mientras que otros —adúlteros, defraudadores, aprovechados— alcanzan cifras impresionantes, su alma es rechazada silenciosamente, abandonada en el limbo de lo irrelevante.
En ese espacio donde la oscuridad parece tener profundidad física, donde la luz solo toca a los vivos (o a los muertos que importan), Susana enfrenta la verdad más amarga: el más allá no es lo que enseñaron. Es burocracia, es mercado, es indiferencia. Y lo peor es que hay soluciones disponibles, comerciantes dispuestos a hacer tratos. Porque en el más allá, como en la vida, todo se puede resolver si está dispuesto a pagar el precio.
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