Una exploración profunda de la pérdida como arte y la persistencia del amor en los gestos cotidianos. A través de relatos íntimos que van desde la reflexión sobre un poema de Elizabeth Bishop hasta la historia de una familia separada pero…
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Una exploración profunda de la pérdida como arte y la persistencia del amor en los gestos cotidianos. A través de relatos íntimos que van desde la reflexión sobre un poema de Elizabeth Bishop hasta la historia de una familia separada pero misteriosamente unida, la obra teje narrativas sobre lo que se pierde y lo que perdura. Donde las distancias se cierran y la cotidianidad se torna epifánica.
Este conjunto de relatos y ensayos, obra de Alejandra Kamiya, explora con prosa íntima y reflexiva los temas del tiempo, la pérdida y lo que persiste del amor a través de diferentes voces y perspectivas. El primero, un ensayo breve sobre el poema «One Art» de Elizabeth Bishop, establece el tono meditativo: perder es un arte, una práctica cotidiana que debe aprenderse con gracia y ritmo, hasta que la ausencia se convierte en compañía.
El relato central, «Separados», es una narrativa autobiográfica que recorre la vida de la autora, cuya infancia transcurrió entre dos casas separadas por ocho cuadras. Sus padres, profundamente diferentes pero misteriosamente alineados —él peronista y ebanista, ella católica y devota del hogar—, se separaron poco después de su nacimiento. La hija crece circulando entre ambas casas, llevando y trayendo comidas, ropa, objetos que hacen circular la vida en común a pesar de la distancia. Con prosa delicada, la narración devela cómo la separación no fue ruptura sino una forma peculiar de seguir unidos, de mantener la familia funcionando a través de gestos, silencios y la intermediación de la hija.
El relato captura momentos de ternura —la adopción de un cachorro, la compra del primer televisor— y momentos de angustia, como cuando la madre comienza a olvidar. Cuando el Parkinson deteriora la salud del padre y su taller es cerrado, todo cambia: los padres finalmente viven bajo el mismo techo. El milagro sucede: regresan a la intimidad, se casan, y la hija, que pasó su vida siendo puente entre ellos, debe aprender a soltar.
El tercer texto, «Un koan para el señor Nishida», contrasta con una breve escena doméstica japonesa donde un padre disfruta de un domingo con sus hijas, observando sus diferentes temperamentos mientras reflexiona sobre la familia y lo cotidiano como espacio sagrado.
La obra es una celebración de lo pequeño, lo perdido y lo que permanece. En cada página late una pregunta sobre qué nos define: ¿nuestras acciones o nuestras ausencias? ¿La distancia que nos separa o el amor que nos une?
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